miercoles 13 de junio de 2007
De la familia, el aborto y las adopciones José Luis Manzanares
Más allá del acostumbrado rifirrafe político y de la sempiterna actualidad de ETA, hay noticias muy preocupantes que sólo llegan esporádicamente a nuestros medios de comunicación pero son esenciales para saber dónde estamos y hacia dónde nos dirigimos si no cambiamos de rumbo a su debido tiempo.
Es el caso de la familia, cuya “protección social, económica y jurídica” han de asegurar los poderes públicos por mandato constitucional. El Instituto de Política Familiar acaba de difundir los datos del Consejo General del Poder Judicial en el sentido de que España es el país de la Europa de los Quince con mayor tasa de divorcios. En 2006 hubo 141.000 rupturas, o sea, un 51 por ciento más que el año anterior. El aumento sobre el año 2001 alcanzaría al 272 por ciento. Hemos aligerado el matrimonio de todo compromiso mínimamente duradero y lo hemos desnaturalizado con su versión homosexual. Ayudas de verdad, pocas. Las comparaciones con lo que ocurre en el resto de Europa sonrojan. Y naturalmente, la ruptura de las parejas afecta negativamente a unos hijos que pierden en demasiadas ocasiones sus puntos vitales de referencia. Algo tendrá que ver la crisis de la familia con la violencia juvenil, que aumenta año tras años, y con el fracaso escolar, donde de nuevo ocupamos un lugar destacadísimo como aspirantes al farolillo rojo. Por no citar también el consumo de drogas y alcohol a edades cada vez más tempranas.
En el aborto –un aborto libre en la práctica- nos encontramos a la cabeza de Europa con unas cien mil interrupciones voluntarias del embarazo al año. Al margen de lo que cada uno opine sobre su impunidad, no parece que tales prácticas sean un índice positivo para la salud social de un país o una enriquecedora experiencia para la mujer. Y esto ocurre mientras que, según leemos estos días, España es el primer país europeo y el segundo a escala mundial, sólo superado por Estados Unidos, en la adopción internacional. Treinta mil niños en diez años. Algo no cuadra.
A Unamuno se le atribuye una conocida frase: ¡que inventen ellos! Ahora la aplicamos a la natalidad: ¡que paran ellas! Ahí están las mujeres del tercer mundo y sus aledaños para tomarse las indispensables molestias. Los inmigrantes nos traen mano de obra barata y nos aseguran el pago de pensiones amenazado por la pirámide invertida de población. Y si deseamos adoptar un niño, pues lo buscamos fuera. China y el Este europeo se han puesto de moda. El Africa negra, menos; pero no somos racistas, que quede claro.
Mucha igualdad de sexos, mucha petición de viviendas para los jóvenes, muchos eventos deportivos, muchas titulaciones devaluadas y mucha solidaridad, pero nos encaminamos hacia una sociedad de viejos cuyo sostenimiento sólo es posible gracias a las continuas transfusiones de sangre importada desde otras tierras. La existencia del tercer mundo, con sus países en vía de desarrollo o sin desarrollar en absoluto, es una bendición para el primero. ¿O no?
miércoles, junio 13, 2007
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