viernes, junio 22, 2007

Jose Javaloyes, La otra guerra de Flandes

viernes 22 de junio de 2007
La otra guerra de Flandes José Javaloyes

Mientras el presidente Rodríguez llegaba ayer a Bruselas desplegando sus precisiones inefables (toda la flexibilidad necesaria mientras se salven las esencias del Tratado Constitucional que fracasó, ha dicho), el establecimiento de las bases del futuro texto legal de la Unión Europea es tarea de crítica complejidad, puesto que permanecen abiertos los disensos que llevaron al doble batacazo del 2005, cuando franceses y holandeses no aprobaron lo que en referéndum se les proponía.
Hablar de flexibilidad política no es nada a estas alturas y tampoco existen márgenes operables para definir qué esencias políticas son las que conforman el fracaso —más constituyente que constitucional— de hace dos años, pese a los denodados y poco salvíficos esfuerzos de José Luis Rodríguez en Francia alentando al “sí”, dos años atrás. Ya se sabe que cuanto postula, apoya o recomienda suele irse normalmente a pique.
Sirve sin embargo de referencia lo manifestado al llegar a Bruselas por el presidente de nuestro Gobierno, para tomar perspectiva de uno de los asuntos capitales que constituyen el disenso de partida en esta Cumbre de Bruselas.
Me refiero al asunto del sentido de lo nacional, expresado como reservas de soberanía en el nuevo Tratado Europeo. El Reino Unido señala lo más alto, junto con Polonia, en escenarios temáticos tan distintos como el de la política exterior y de seguridad, en el caso británico, o el sistema de votación y la cuestión fe/agnosticismo para el preámbulo de lo que finalmente resulte. Es decir, Constitución propiamente dicha, que requeriría referéndum, o simple reforma parcial del conjunto normativo existente hasta ahora.
Parece que del mamotreto de don Valerio (Guiscard d’Estaing), según la hipótesis de mínimos entre las dos que se barajan, quedarán poco más que los rabos. Al fin y al cabo el eje sobre el que giraba aquel atascado proyecto para la unidad política de Europa no era otro que el eje franco-alemán, y éste, a su vez, el de los dos personajes que lo protagonizaban. Jacques Chirac y Gerhard Scröder ya sólo son ceniza en la política europea. Uno, instalado en el horizonte penal, al haberse extinguido su inmunidad; el otro, en nicho más confortable: compartiendo, personalmente, dorado futuro económico con los rusos del gas.
El soberanismo de reserva que vertebra la resistencia británica a la idea de una política exterior y de seguridad común para todos los socios de la UE es algo que hunde sus raíces en la propia crónica inicial de la incorporación del Reino Unido al proyecto europeo. La resistencia de De Gaulle a la entrada de los ingleses en Bruselas no partía de otro motivo que de la percepción, vivísima, del general de que la política británica sintonizaría siempre más con Estados Unidos que con la Europa continental.
Y luego de lo ocurrido con la guerra de Iraq, como prueba elocuente de la sintonía angloameriacana y del fundamento real de ese recelo francés, ¿cómo esperar que Londres entre por la política europea común en la diplomacia y para la defensa? Tal es el punto nodal y la objeción de fondo que más enérgicamente puede condicionar el relanzamiento del proyecto europeo en los términos esencialistas por los que se pronuncia y en los que sueña Rodríguez. No es para tomar a broma el vaticinio de Tony Blair de que la negociación va ser muy dura.
La guerra de proyectos de futuro para Europa está abierta en Flandes. Puede que el desenlace más probable sea el armisticio para un acuerdo de mínimos, reduciendo la progresión desde la idea constitucional a otra, más modesta, de reformas sucesivas por la vía de sucesivos Tratados. Así hasta que cambie el viento de la Historia…
jose@javaloyes.net

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