lunes 18 de junio de 2007
Impresiones de un votante por correspondencia (2ª parte) Javier Pérez Pellón
En la primera parte de mis impresiones de votante por correspondencia hablaba de los fallos del sistema democrático, y de que el único y verdadero beneficiario de la democracia es el poder.
Aquí continúo con mis dudas y me ha dado por pensar si no sería mejor, para ahorrarnos tiempo y dinero, el Gobierno de un déspota ilustrado o algo parecido. !Por favor!, no me tomen por un loco reaccionario sin antes leer las líneas que siguen.
Aristóteles, nacido y crecido en la que inocentemente creemos idílica democracia ateniense, explicaba que “cuando se dice que es el pueblo quien tiene que decidir, en realidad es que quien condicionando al pueblo decide por él mismo”. Quizás esta desilusión hacia la democracia le llevó a aceptar el encargo de ser el tutor y maestro de Alejandro, por aquello de que “la democracia traspasa en despotismo”, como afirmaba Platón en su República. Desde los padres de la filosofía, hasta revolucionarios como Georges Sorel o Lev Trotsky o el caústico Bernard Shaw, “la democracia sustituye la elección de parte de muchos incomptetentes al nombramiento de unos pocos corruptos” (Hombre y superhombre), hasta Georges Bernanos —léase Les grands cimetières sous la lune—, cuando afirmaba que “la democracia es una invención de los intelectuales”, la historia de las ideas de la ciencia política nos regala una gran variedad de desconfianzas en la democracia, un algo, cuanto menos, de sospechosa solvencia, lo que despierta la crítica en el cerebro de tantos y tantos ilustres y excelsos pensadores.
Se diría entonces que de la misma manera que Aristóteles modeló a Alejandro, paradigma del déspota, la forma ideal de gobierno sería la tanto vituperada del despotismo ilustrado. Desde Alejandro a César, en cierta medida a Isabel de Castilla, a Lorenzo el Magnífico, a los grandes papas del Renacimiento, al emperador Carlos V, a María Teresa de Austria, a Federico II de Prusia o Catalina de Rusia…, la historia nos ofrece un extraordiario muestrario de déspotas ilustrados que fueron, a su vez, excelentes gobernantes.
Si Churchill en vez ser inglés hubiera nacido en Rusia o en China o incluso en Alemania, hubiera sido un magnífico modelo de déspota ilustrado y el mundo se habría ahorrado las catástrofes provocadas por Stalin, la revolución cultural de Mao y el desastre enloquecido de Hitler.
Una gran parte de mi vida, quizás la mejor, me la tocó vivir bajo un régimen autoritario, el de Franco, que quizás custodiaba en su interior, es muy díficil saber lo que verdaderamente pensaba, un alma de déspota, sólo que le faltaba ilustración. No fuí nunca franquista, pero no guardo ningún rencor o resentimiento, porque cada uno es hijo de su época y el renegar de ella es alimentar la carcoma que corroe la propia existencia, un irresponsable acto de suicidio de la memoria. Mi infancia, adolescencia y juventud dorada tuvieron tal fuerza impelente de ver las cosas positivas que me ofrecía la vida como para hacer olvidar las negativas que, sin duda, existieron. Viajé sin trabas ni particulares impedimentos por el mundo entero haciendo mi trabajo de periodista, compraba tranquilamente en los kioskos españoles el medio clandestino Le Monde y en las trastiendas de las librerías madrileñas se vendían toda clase de libros prohibidos por la memez de la censura oficial (quizás por eso, dándose cuenta de su propia estupidez, permitía que se vendieran de escondidas), en extrordinarias versiones en castellano editadas en Argentina o México y, si no, como viajaba con frecuencia a Francia, parada y fonda en San Juan de Luz o Biarritz para empaparme de Ruedo Ibérico.
De aquellos años franquistas se me han quedado grabadas dos o tres cosas: que nos libramos de entrar en la Segunda Guerra Mundial, lo cual no es poco, que, gracias a Dios, sólo se votó en referendum dos veces, ahorrándose así tiempo y dinero, en 1947 por la Ley de Sucesión del Estado (era demasiado pequeño para votar) y el de 1966 (voté por aquello de tener una justificación, si por casualidad nos la pedían, cosa que nunca sucedió, a la hora de cobrar el sueldo en TVE), por la Ley Orgánica del Estado, a la que Don Juan Carlos juró fidelidad y que no es otra que la que aprovechó la Ley para la reforma política del 1976 y que hizo posible ese medio milagro político español de la transición.
El votante por correspondencia, que vivió en contacto directo con la realidad española por espacio de más de cuarenta largos años, no tiene muy claro, visto desde aquí, no tanto por la distancia que le separa de su país, sino por el largo espacio en tiempo que de él se ausentó, eso del franquismo y del moderno antifranquismo desenfrenado, porque, contando, no le salen nunca los números. Un buen día treinta y cinco millones de españoles, más o menos, se declaran si no acérrimos franquistas, sí, al menos, bastante conformes con el régimen que hacía ya tiempo había dejado de ser una poco recomendable dictadura. Al día siguiente otros treinta y cinco millones de españoles se declaran feroces y rabiosos antifranquistas. Y es aquí donde no me salen las cuentas, porque treinta y cinco millones más treinta y cinco millones dan un total de setenta millones de españoles, número que no concuerda con ningún censo.
Y es que, como también me dijo una vez Andreotti, el antifascismo o el antifranquismo son como el vino: para saber si es bueno “hay que conocer la antiguedad de la cosecha”.
Las Cortes de Franco eran un espectáculo maravilloso, casi como una película en cinemascope y tecnicolor. Nadie gritaba, ¡ni se hubieran atrevido a ello! Vamos, lo único que faltaba. Todos uniformados con su chaqueta blanca, camisa azul y corbata negra y un montón de obispos tocados de violeta. No servían para nada, igual que las de hoy, pero sobre estas últimas tenían la ventaja que el personal que chupaba gratis de las tetas del Estado era infinitamente menos numeroso que el de ahora.
Nuestro actual Parlamento es un patio de mercado lleno de griterío, de diputados y senadores de barbas descuidadas, muchos de ellos desarrapdos, de diputadas y senadoras que en sus exposiciones, a voz en grito, parecen verduleras, aunque se vistan de Prada. En fin, un desastre.
Los Felipes, Aznares y Zapateros no han sido nada más que despotillas desilustrados de medio pelo, palurdos y maleducados.
En la pasada campaña electoral de las administrativas de mayo he escuchado toda clase de disparates. Uno, sobre todos los demás, me ha puesto de punta los pelos de mi conciencia. Un Felipe González desatado, al que hay que reconocerle sus méritos, entre ellos la sabiduría de haberse, posiblemente, enriquecido, honestamente se entiende, a costa de la política, y al que yo voté entusiasmado a la hora del “cambio” de 1982 y algunos años más tarde desvoté (OTAN, Guerra del Golfo, GAL, corrupción a gogó en su filas socialistas…), hablando, decía, en un mitin, afirmaba que “cuando le tocó se marchó sin protestar y al tipo (Aznar, al que nunca voté) que le sustituyó todavía no se le ha pasado el cabreo, ni admite su derrota… y que no es Zapatero el que va a romper España (aunque lo esté intentando por todos los medios)... lo que no consiguió ni Aznar al servicio de Bush…”. Pero ¿en qué quedamos? Usted, mi querido Felipe, no se marchó, a usted le echaron por la ventana, la corrupción y su mal gobierno en los últimos años de su mandato. A usted le echaron el director general de la Guardia Civil, el Vera, el perito electricista Corcuera, aquel infausto ministro, el de la patada en la puerta, la directora del Boletín Oficial, las señoras de la limpieza de la sede del PSOE cargadas de visones y especiales cámaras frigoríficas para conservar mejor su preciado pelaje, los pelotazos del 92, los GAL, los helicópteros de Narcis Serra… y para qué contar.
En cuanto al servicio de Bush, usted, Felipe, lo fue de Bush senior, Aznar lo ha sido de Bush junior. No hay tanta diferencia, porque el motivo fue el mismo: borbardear Iraq. Me parece, señor Felipe, que usted ha perdido un poco la brújula, o el día de ese mitín ¿no estaría acaso de buen humor y se puso a contar chistes?
Para aclarar más las cosas, estos despotillas juegan a la democracia como si fuera una mesa de billar, cuantas más carambolas al ciudadano mejor. Porque, en principio, la democracia “es un sistema de poder donde el ciudadano pierde su identidad” y el votante por correspondencia se siente como un pelele que se convierte en el cuerpo sobre el cual el poder ejerce su propia energía.
Con la Ilustración y la Revolución Francesa, el concepto moderno de democracia tenía un sentido liberatorio de frente a la idea de la sacralidad del poder precedente, la monarquía. Pero el problema es que, también en democracia, siempre hay alguien que ejerce el poder concretamente, anulando, de hecho, el derecho del ciudadano a ejercer ese poder.
A la hora de tener que manifestar su derecho al voto, al votante por corresponmdencia hay algo que, por grotesco, le pone nervioso y de mala uva, ya que le parece que le están tomando el pelo. Porque se da por hecho que la votación sea algo así como la confesión en el ritual de la Iglesia católica: un gesto de conciencia, no de razón. Incluso, y esto es el colmo, antes del voto existen las venticuatro horas de “reflexión”, que son, exactamente aquello que religiosamente representa la “vigilia”, una preparación interior al rito, un momento ascético, penitencial, que se manifiesta con el silencio, con la abstención de cualquier otra actividad, como si fuera el viernes santo de la política. Algo tan ridículo que no tiene ni pies ni cabeza.
Y después viene el voto. Nombres, papeletas y unas ranuras en las urnas donde depositarlas. Cuando pasado el tiempo se descubran los vestigios que queden de este esotérico ritual democrático, como dice la antropóloga italiana Ida Magli, “será difícil para el historiador o antropólogo del mañana el saber si no se encuentra ante los restos de una ceremonia tribal del África negra”.
El drama de quien llega al poder, y esto sucede siempre en la reciente historia, universal o española, luego también ha valido para Franco, “es que a lo largo del camino pierde el sentido de la realidad, porque debe demostrarse a sí mismo que es capaz de empujar a los hombres hacia la muerte”. Desde Bush o Putin, que quieren gobernar el mundo, a nuestros pequeños y míseros Felipe (Guerra del Golfo), Aznar (bombardeando criminalmente Serbia, Iraq...) o Zapatero (Afganistán, enviando en “misión de paz” a batallones armados hasta los dientes…) e incluso al Papa de Roma, se haya llamado Wojtyla y ahora Bededicto XVI, el problema es siempre el mismo: se convencen de que somos súbditos, que formamos parte de su cuerpo, y que no deben preocuparse de ninguna otra cosa sino de la de aumentar su proprio poder.
No obstante todo, no obstante la firme convicción de la inutilidad de su voto, porque en la avalancha de ellos, por aquello del correo, habrá sido un voto “sobrero” (como en los toros), este votante por correspondencia, aunque no sea por otra cosa que por quedar en paz con su propia conciencia, ahora espera haber acertado después de haber errado tanto en el pasado. No voté nunca por el PP, no voto a partidos sino a personas y esta vez, en las pasadas administrativas, los menos peores o, posiblemente los mejores, me han parecido, porque lo veo y compruebo con mis propios ojos cada vez que voy a Madrid —“esa gran población de la Mancha” que diría Azorín—, la señora Aguirre y el señor Gallardón. ¡Enhorabuena! A trabajar y a chupar con moderación. No existiendo política sin corrupción, porque nacen al mismo tiempo y conviven sin posibilidad de separse la una de la otra, cuanto menos haya de la segunda mejor será para la primera.
Recuerden que el pueblo no es de derechas ni de izquierdas ni del centro. “Las necesidades del pueblo —decía Bernanos (“Les grands cimetières sous la lune”)— son muy simples, de un carácter concreto, de una necesidad muy apremiante. Exige trabajo, pan y un honor que le haga parecer despojado, en todo lo que sea posible, de cualquier finura sicológica, un honor que sea el reflejo de su trabajo y de su pan”. Nada más ni nada menos. Un programa que a primera vista parece muy simple, pero muy difícil de realizar. De todas formas, el único que puede justificar la existencia de la política. Parafraseando a Luigi Pirandello, “Cosi è se vi pare” (“Así es si así os parece”).
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