martes 19 de junio de 2007
Por primera vez
Jaime de Marichalar habla de su enfermedad Jaime Peñafiel
En 1994 él tenía 34 años y era, tan sólo, un oscuro empleado de banca en París. Por aquel entonces ella, que contaba los mismos años que él, viajó a la capital de Francia para participar en competiciones hípicas internacionales. Gracias a amigos comunes se conocieron y, como dijo una reina muy cursi, “el horizonte se incendió”.
Con más de 1,90 de estatura, a ella debió de parecerle el hombre adecuado a su talla de buena moza. Él era, sigue siendo, un hombre de modales refinados, elegante, de una rebuscada exquisitez, un poco antigua.
Si le comparamos con el Rey Juan Carlos llegamos a la misma conclusión que los daneses con el consorte de su reina: mientras el real suegro es como una jarra de cerveza, el yerno se asemeja a una delicada copa de champán.
Quienes le conocen dicen que se trata de “un hombre que posee la elegancia de la lentitud, que gasta una suerte de tristeza y que no condesciende al chisme”, también algunos piensan que es un afrancesado que ama Sevilla y un madrileño que sueña con Nueva York. No es dandy porque viste impecable, sino porque los ortodoxos nunca dirán que va bien vestido… La elegancia es su esqueleto.
Cuando aparecieron las primeras fotografías de Jaime y de Elena, la prensa y el personal se preguntaron ¿quién era ese apuesto acompañante de ella? Simple y sencillamente, un aristócrata de blasonados orígenes, de sonoro apellido e hijo de una numerosa familia de nobleza provinciana.
El pueblo llano y sencillo, admirador de la familia real, aunque no monárquico, no quiso mostrarse ni a favor ni en contra. Se reservó, prudentemente, la opinión sobre el joven a quien no conocía.
El día que se hizo público, oficialmente, el compromiso se echó en falta un anuncio en los periódicos españoles, como el primero que apareció en Dinamarca cuando se anunció la boda de la Princesa heredera con el conde francés Henry de Monpezat: “se tiene consorte, se desea trabajo”.
Han pasado los años. La prensa lo ha escarnecido y hecho blanco de sus más aceradas y crueles críticas. Uno de los motivos: su pasión por los trajes, exquisitamente antiguos o atrevidamente extravagantes.
Él sabe que no es admirado, pero tampoco detestado. Simple y sencillamente curioseado. Es consciente de que su vida es un permanente equilibrio. De todas formas debe pensar que ser consorte es una suerte.
La tarde del 22 de diciembre del 2001, dos días después de haber celebrado, en familia, el 38 cumpleaños de la infanta Elena, Jaime de Marichalar sufrió un infarto cerebral mientras se encontraba realizando un ejercicio de bicicleta estática en el gimnasio al que acudía habitualmente.
El ictus le provocó la obstrucción de la arteria cerebral derecha y el de la arteria cerebral media, lo que clínicamente se manifiesta con una hemiplegia izquierda: no podía mover el lado izquierdo de su cuerpo. Fue necesario entubarlo, conectarlo a ventilación mecánica y bajo efectos de sedación.
Jaime estuvo mucho más grave de lo que se dio a conocer. Los médicos llegaron a avisar a la infanta que su marido podía morir esa misma noche. Sus posibilidades, en las primeras horas, eran sólo de 10 sobre 100.
Fue un drama terrible para la familia real, pero sobre todo para Elena, quien, “mientras todos se reunían, casi al completo, para la cena de Navidad, ella permanecía a solas con el medio ser que era, en aquellos momentos, su hombre”, como resumió Umbral en su columna de El Mundo.
El día 11 de enero del 2002, y tras permanecer 20 días en el hospital, Jaime de Marichalar fue dado de alta para seguir un largo, larguísimo proceso de rehabilitación bajo la dirección del médico español Valentín Fuster.
Han pasado más de siete años. Por primera vez Jaime de Marichalar ha hablado, públicamente, de su enfermedad. No para una revista del corazón. Ni tan siquiera para el Hola. Lo ha hecho en la clausura, en el Colegio de Médicos de Madrid, de las Jornadas sobre Neurorrehabilitación organizadas por la Fundación Lescer, de la que es presidente honorario.
Con tono pausado y serenamente elegante, se refirió a los pacientes con daños cerebrales, “como es mi propio caso”, que han logrado recuperarse, casi totalmente gracias a la pronta rehabilitación. “Tengo experiencia en recuperación precoz”.
Habló también del sufrimiento. Del propio y del de la familia. “Esta epidemia silenciosa es un drama de difícil comprensión para quienes no la conocen”.
Como le han quedado algunas secuelas, se refirió a la “recuperación parcial, que puede ser muy satisfactoria”.
Finalizó enviando un mensaje a los familiares: “la esperanza siempre existe. Se lo digo yo”.
Una actuación admirable de un hombre mucho más admirable para quien lo más duro fue asumir cierto estado de incapacidad de la que se va recuperando.
¡Chapó por mi tocayo!
martes, junio 19, 2007
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