viernes, junio 22, 2007

Ismael Medina, Ocultamientos y falsificaciones

sabado 23 de junio de 2007
Ocultamientos y falsificaciones
Ismael Medina
C EDIÓ ya la histeria conmemorativa del 30 aniversario de las elecciones generales de 1977. También de la democracia partitocrática cuya previsible degradación, hoy extremosa, algunos predijimos. Y con superior certeza una vez conocidos los tejemanejes constitucionales y el texto que resultó del compadreo. Las crónicas parlamentarias de Joaquín Aguirre Bellver, las más agudas, lúcidas y mejor escritas de los que revoloteaban en torno a los supuestos "padres de la Patria", están recogidas en un libro casi desconocido y del que algún ejemplar acaso pueda encontrarse en librerías de viejo. Joaquín murió sin que le levantaran la condena al silencio aquellos mismos que lo descalificaban y hoy, treinta años más tarde, parecen caídos del guindo y se desahogan con parecidos argumentos ante la pavorosa deriva que protagonizan Rodríguez y sus huestes. Cesó, como digo, la puesta en escena del 30 aniversario de aquellas elecciones. Y creo llegado el momento de recapitular sobre las mismas y sus resultados desde una perspectiva cronológica más amplia. La que avala el hecho incuestionable de que, lo mismo en lo personal que en lo colectivo, y para bien o para mal, somos consecuencia de nuestro pasado. De un imborrable ADN histórico que nos encamina por unos u otros derroteros. Ocurre con la llamada transición a la democracia, sus protagonistas faciales y sus heredero, empecinados en negar las conexiones de causalidad con el franquismo. Circula por Internet un listado sobre los antecedentes familiares y personales con el franquismo de los supervivientes del transaccionismo democratizador y de sus actuales beneficiarios. Una relación que podría ser mucho más extensa y más completa en cuanto a los datos aportados para cada uno de los personajes. Soy consciente de que cada quien es libre de decidir su propio destino en cualesquiera ámbitos de la actividad humana y en materia de creencias. Y que merecen el respeto ajeno, siempre y cuando respondan a un honesto proceso de interiorización intelectual en vez de a oportunista aprovechamiento de la coyuntura. Pues una cosa es en política "aggiornarsi" (ponerse al día) y otra "arrampicarsi" (trepar). Y apelo al italiano a causa de mi experiencia en aquel país, tan dado a la "sfumatura" (difuminar la realidad y sus perfiles, o enmascarar la mentira para que parezca verdad). Fueron precisamente aquellas vivencias las que me aconsejaron escribir una carta a Manuel Fraga que desde GODSA ("el primer gabinete técnico de apoyo a grupo o partidos políticos en embrión", según Florentino Ruiz Platero y Javier Calderón Fernández en "Algo más que el 23-F) se afanaba en preparar una urdimbre democrática para el "después de Franco". O el "Dopo Franco", del yugoslavo Frane Barbieri, una exploración asaz inteligente sobre la entraña del régimen y su desembocadura. Advertía a Fraga que se cometería un grave error, de consecuencias imprevisibles, si cuando llegara la democracia se cayera en la tentación de reproducir el sistema partitocrático italiano y amasar una constitución con ingredientes de la española de 1931 y la de Italia. Y es que desde mi privilegiado observatorio romano confirmé la existencia de profundas diferencias culturales y de comportamiento entre los dos países. FERNÁNDEZ MIRANDA Y "EL PRÍNCIPE" DE MAQUIAVELO COMO MODELO LOS políticos italianos, lo escribí muchas veces, tensan la goma hasta extremos imposibles. Y cuando parece inexorable que se romperá, hacen un regate, dejan que se encoja misteriosamente y cambian de goma. Un legado histórico de escepticismo y cinismo que se entiende bastante después de leer "El Príncipe" de Maquiavelo. El libro de cabecera de Torcuato Fernández Miranda, quien tenía a Nicolás de Maquiavelo por su maestro político y sobre el que tanto escuchamos algunos de sus más cercanos colaboradores en la penumbra de su despacho de director general de Promoción Social, en el ministerio de Trabajo de Jesús Romeo, cuando ya el día iba en retirada y la sala quedaba envuelta en una cinematográfica penumbra confidente y conspiratoria. Durante aquellas enjundiosas veladas en las que cobró forma y dimensión operativa su propuesta de creación del Plan de Promoción Obrera (PPO), el cual hizo posible la conversión en especialistas de muchos miles de obreros sin cualificar, conocimos y punteamos su propuesta ideológica de un socialismo español, valioso documento que tengo perdido en mi voluminoso y anárquico archivo. Se trataba de una proyección muy elaborada del pensamiento en agraz de José Antonio Primo de Rivera. Aseguran los eruditos que fue Fernando II de Aragón, o Fernando el Católico, como se quiera en este tiempo de contorsiones retrospectivas, el modelo que sirvió de inspiración a Maquiavelo para escribir "El Príncipe". Otros, sin embargo, sostienen que fue César Borgia, con el que mantuvo relación personal. Da igual, pues el uno y el otro fueron hombres cultivados del Renacimiento y demostraron un talento político excepcional en el que combinaban la dura escuela hispana con la astucia florentina. Torcuato Fernández Miranda, merced a una calculada progresión de mando e influencia, se convirtió durante el periodo final del régimen de Franco en mentor político del Príncipe de España, elegido por el Caudillo para sucederle. Es seguro que intentó adiestrarle con "El Príncipe" de Maquiavelo en mano, aunque don Juan Carlos, poco dotado para la sutileza, pero sí en grado superlativo para el borboneo, se quedó con unas pocas enseñanzas maquiavélicas y se deshizo cuando le convino de Torcuato, de cuya sabiduría recelaba, y del que se valió para aupar a Adolfo Suárez. Lo despachó adornándole con el Toisón de Oro que le trajo el mal fario y le condujo a la muerte súbita en Londres en 1980 cuando ya despechado, según mis noticias, había decidido su devolución en vida. Pese estar impregnado por Maquiavelo, Fernández Miranda no debió conocer, o echó en saco roto, la advertencia del general Martínez Campos, preceptor del Príncipe de España, a uno de sus profesores que esperaba alcanzar puestos de relieve cuando fuera rey. Vino a decirle que el futuro monarca no aceptaría junto a él a quienes pudieran darle lecciones o corregirle en sus decisiones. Así se entenderá mejor la razón de que, con el concurso de Fernández Miranda, toreara al Consejo del Reino y fiara a Suárez la presidencia del primer gobierno democrático. EL TRANSACCIONISMO DEMOCRATIZADOR PROVENÍA DEL FRANQUISMO CUANDO a Torcuato Fernández Miranda se le preguntó por el después de Franco dijo aquello de desde la ley a la ley. En definitiva, a la democracia de partidos por el cauce de las instituciones. Ahí reside la clave de la Ley de Reforma Política que él mismo pergeñó. Un tránsito que alguien definió como cambio desde la continuidad. Hay que volver más atrás, sin embargo, para mayor claridad y ratificar que el cañamazo de la futura democracia se tejió en los telares de la Presidencia del Gobierno, a cuyo frente estaba el almirante Carrero Blanco, y con el consentimiento de Franco. Aconsejo a este respecto la lectura de "Misiones discretas" (Ed. Planeta) del general norteamericano Vernon A. Walters, incitación que he reiterado en algunas de mis crónicas. Walters estuvo a las órdenes directas de Eisenhower durante la II Guerra Mundial y lo tendría como hombre de su máxima confianza en la Casa Blanca. Luego gozaría de pareja proximidad con otros presidentes. Nixon le encomendó en 1973 que se entrevistara en secreto con Franco para conocer sus previsiones sucesorias, una vez que ya era perceptible la proximidad de su muerte. Una encomienda tan ingrata como apremiar a cualquier moribundo para esclarecer su voluntad testamentaria. Franco lo recibió con naturalidad en compañía de Carrero Blanco y López Bravo, ministro de Asuntos Exteriores a la sazón. Franco no dio ocasión a Walters de exponer lo que le había llevado hasta el palacio de El Pardo: "Su presidente quiere conocer mis previsiones sucesorias", se anticipó a Walters. Y se las expuso sin alterarse lo más mínimo. Vino a decirle, sintetizo, que de acuerdo con las Leyes Fundamentales le sucedería el Príncipe de España como rey, al que correspondería instaurar la democracia deseada por Washington. Y que el tránsito se produciría de manera pacífica, gracias a la nueva y extensa clase media que legaba a España y a que el Ejército sería su garante. Precisión que remacharía en su testamento político al pedir al estamento militar que prestará a don Juan Carlos de Borbón y Borbón la misma fidelidad que a él le había demostrado. Un dato fundamental éste para un ajustado entendimiento del respaldo del Ejército a un proceso transaccional cuyo fautor fue el monarca y no Adolfo Suárez, del que se valió para llevarlo cabo con una aceleración innecesaria e incluso con arbitrariedad Pese a que Nixon pidió a Walters que no dictara su informe de la reunión con Franco a la secretaria de Kissinger, como era habitual, sino a la suya personal, trascendió su contenido, incluso más allá de las paredes de la Casa Blanca. Fue precisamente Henry Kissinger quien diseñó un esquema político para la transición que conocieron en Nueva York cuatro periodistas españoles, entre ellos Blanco Tobío, corresponsal de la Prensa del Movimiento y de quien conocí esta confidencia. Tampoco fue casual que en septiembre de 1975, cuando ya se consideraba inminente la muerte de Franco, se celebrara una reunión extraordinaria del Club de Bilderberg en el hotel Son Vida de Palma de Mallorca, bajo la presidencia del general Hais. La agenda del cónclave se reducía al futuro político de Portugal y España. Se acordó en lo que nos concernía que el futuro rey se rodeara de "hombres nuevos". Conviene precisar que por "hombres nuevos" no entendía el Club de Bilderberg a políticos sin pasado franquista, sino a que, según deseo del futuro rey, fueran generacionalmente equiparables a él. A la postre, manejables por don Juan Carlos. Se confirmaban así las previsiones del Duque de la Torre. Y se explica la influencia que a partir de entonces han adquirido en España el Club de Bilderberg y la Comisión Trilateral. La composición de la sección española de esta última a lo largo de los últimos treinta años resulta harto ilustrativa. EL RÉGIMEN DE FRANCO NO FUE POLITICAMENTE MONOLÍTICO CHOCARÁ a algunos, pocos o muchos, que Franco estuviera tan persuadido de que a su muerte sobrevendría la democracia de partidos y que se limitara a asegurar el tránsito pacífico del Estado Nacional por él creado a una monarquía parlamentaria. Pueden aducirse algunas pruebas que lo ratifican. Esta, por ejemplo: cuando el entonces Príncipe de España le solicitó asistir a algún Consejo de Ministros para adquirir experiencia, Franco le respondió que era innecesario ya que la realidad política que habría de encabezar sería muy distinta. Conviene recordar asimismo que, conforme a lo establecido constitucionalmente (las Leyes Fundamentales configuraban, como antes señalé, una constitución abierta), Franco cedió la Jefatura del Estado al Príncipe de España en el curso de su primera y grave enfermedad y la recuperó todavía convaleciente en el Pazo de Meirás. Y no, como se ha dicho, por presiones de su yerno, el marqués de Villaverde, al que despreciaba, sino tras conocer por sus servicios de información los imprudentes tejemanejes a que se había entregado su sucesor, los cuales podían desembocar en consecuencias indeseables. Quien haya leído con la debida atención los ocho volúmenes de "Franco y su tiempo", del historiador Luís Suárez, amén de los anexos documentales editados hasta la fecha por la Fundación Nacional Francisco Franco, dispondrá de elementos de juicio suficientes para convenir conmigo unos rasgos fundamentales de la personalidad del Caudillo y de su proyección sobre la entidad del Estado Nacional que creó y consolidó. Franco fue un militar brillante, un excelente estratega y agudo conocedor de la condición humana que desde sus primeros tiempos africanos había estudiado con ahínco variadas disciplinas. Un pragmático que conocía muy bien nuestra historia, era fiel a un cuadro esencial de valores, ansiaba el progreso social y económico del pueblo español y carecía de afecciones ideológicas que le inclinaran hacia unas u otras propuestas de partido. Nunca fui un franquista fervoroso a causa de mis convicciones joseantonianas. Pero estudié al personaje y su circunstancia con atención y sin prejuicios. Y llegué a la conclusión de que fue ante todo un patriota, un hombre de Estado y el último de los regeneracionistas. Y acaso el único con autoridad y posibilidades suficientes para llevar adelante el proceso de evolución social y económica que España precisaba. El Decreto de Unificación de abril de 1937 fue esencialmente una decisión cuyo objetivo era fortalecer la unidad de acción militar y de disciplina política indispensables par ganar la guerra. Una baza resolutiva que no se dio en la zona contraria y constituyó una de las claves de la derrota del Ejército Rojo, habida cuenta, además, de que prevaleció el criterio de los consejeros soviéticos, seguido por Negrín, de someter a los componentes del Frente Popular a los dictados del partido comunista, incluso por la violencia, tal que sucedió con el POUM y la CNT. El Movimiento Nacional, nacido del Decreto de Unificación, estuvo lejos constituir un partido monolítico de tópico corte totalitario, al estilo del nacional-socialismo o del fascismo. En su seno y en sus afueras convivieron grupos políticos notoriamente diferenciados que apenas si tenían en común su participación conjunta en las instituciones. Cuando se examina la composición de los gobierno de Franco, desde el primero al último, se descubre que siempre lo fueron de coalición y que el peso de unas u otras familias políticas y estamentales los adecuaba Franco en cada ocasión a las conveniencias de progreso interior y de la coyuntura internacional. Aunque, eso sí, mediante mecanismos de equilibrio variable como, verbigracia, la atribución permanente del ministerio de Trabajo a falangistas y el de Educación a fuerzas confesionales. Y en general, la selección de los ministros entre profesionales de los altos cuerpos de la Administración del Estado y técnicos de cada especialidad. EL CAÑAMAZO DE LOS FUTUROS PARTIDOS SE FRAGUÓ BAJO LA DIRECCIÓN DE CARRERO BLANCO LAS anteriores precisiones me valen de indispensable telón de fondo para explicar cómo desde la presidencia del gobierno, y bajo la batuta de Carrero Blanco, se fraguó el cañamazo de la futura partitocracia. Un mero desglose de las familias integradas en el Movimiento Nacional al que solo faltaba ponerle la guinda de un socialismo doméstico y susceptible de imbricarse con el europeo. Y se la puso. ¡Vaya si se la puso! El esquema sobre el que trabajaron Carrero Blanco, sus tecnócratas de confianza y el SECED puede resumirse así: un gran partido conservador de corte neogaullista que agrupara a las familias más afines al Movimiento, democristiana, liberalista y monárquica, al que daría crédito democrático Fuerza Nueva, la cual asumiría los signos externos de FET y de las JONS, algo así como el neofascista MSI, y condenar al ostracismo a los residuos falangistas; un partido socialista sustitutivo del PSOE que en el exilio encabezaba Rodolfo Llopis; y la exclusión del partido comunista exigida por Franco. En este punto, y antes de explicar como se configuraron luego en la práctica tales vectores previos a la instauración de la democracia de partidos, dos breves anotaciones aclaratorias: Carrero Blanco, monárquico a machamartillo y rígido católico, sentía desde tiempos de la República algo más que recelo hacia José Antonio Primo de Rivera y Falange Española. Les reprochaba que consideraran a la monarquía borbónica históricamente fenecida y que postularan la separación de potestades entre la Iglesia y el Estado. Y ya convertido en brazo derecho de Franco, añadió otro tipo de reproches de índole política y personal hacia los falangistas, cuyas juventudes se habían convertido en piedras de escándalo por incitaciones revolucionarias que las aproximaban grupos jóvenes de la izquierda como quedó demostrado, por ejemplo, en las "Conversaciones para el futuro político de España", celebradas en abril de 1964 al amparo del Círculo Medina, de la Sección Femenina, y de cuya ponencia social, presidida por Francisco Labadie, formé parte junto a Gonzalo Cerezo. Se consideraba necesario aislar al socialismo del exterior ante la presunción de que la inserción de este PSOE en la futura democracia implicara un afán de revancha y cayera en la tentación de reeditar con los comunista una suerte de neofrentepopulismo. Un error de apreciación pues Rodolfo Llopis era ya un resuelto anticomunista como resultado de su experiencia durante la guerra en el seno del Frente Popular y de los acuerdos de la Unión Soviética y del partido comunista francés con el III Reich hasta que Hitler rompió el pacto y ordenó la invasión de Rusia. También influyó, no cabe duda, la condición masónica de Llopis. LA CONCRECIÓN DE LA URDIMBRE PARTITOCRÁTICA LA Unión Democrática del Pueblo Español, en cuya dirección figuraban notables del las diversas familias del Movimiento Nacional y en la que Adolfo Suárez asumió funciones de mando dada su condición de secretario general del Movimiento, asumió la parcela prevista de centrismo neofranquista. Pero fue un espejismo. Adolfo Suárez no tardaría en cumplir los deseos del monarca y abandonó la UDPE para formar la UCD, un variopinto conglomerado oportunista de reducidos partidos cuyos dirigentes provenían en su mayoría del franquismo y algunos de los cuales, como Francisco Fernández Ordóñez, habían ocupado cargos de relevancia en las estructuras del régimen. UCD debería ser el soporte electoral de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno. Y fue precisamente el llamado "franquismo sociológico" el que dio el triunfo a UCD en las elecciones de 1977. La tarea de crear el "socialismo del interior" se encomendó al SECED que tendió sus redes para configurarlo en tres grupos universitarios cuyos miembros pertenecían a una cierta burguesía establecida: el creado por el profesor Jiménez Fernández en Sevilla, inicialmente democristiano, luego derivado en "cristianos para el socialismo" (sería consecuente que los estudios en la Universidad de Lovaina los hiciera Felipe Gonzalez merced a una beca de la Fundación Adenauer, de la democracia cristiana germmana); el configurado por Ruiz Jiménez, al que en sus tiempos de ministro de Educación conocíamos irónicamente como la "monja alférez", la mayoría de cuyos componentes provenían de dos cursos del elitista Colegio del Pilar y siguió pareja trayectoria al sevillano; y el de Pallach, en Barcelona, integrado igualmente por universitarios de la burguesía catalana. El SECED dio preeminencia a los discípulos de Jiménez Fernández y seleccionó para encabezarlo a Felipe González, al ue se dotó de un matiz proletario por el origen humilde de sus padres que eran propietarios de una vaquería, ocultando que se trataba de un próspero negocio de un centenar de vacas. El único del inicial grupo socialista sevillano del interior no universitario era Alfonso Guerra. Pero debía no poco al SEU y sobre todo a la ayuda para reflotar la librería de su mujer del entonces secretario de la Universidad sevillana, el magnífico escritor, poeta y joseantoniano Aquilino Duque. Felipe González gozó de una especial protección por el SECED, en ningún caso fue perseguido (la única ocasión en que accidentalmente le detuvieron recibió el jefe de la comisaría orden de su inmediata puest en libertad), y los votos que le faltaban para ganar la partida a Rodolfo Llopis en Suressnes, comprometidos con Nicolás Redondo y Pablo Castellanos, los compró un inspector de la Brigada de Información. Y respecto de la catadura de tantos de aquellos advenedizos recojo un dato asaz expresivo, relativo a los de Barcelona: cuando se disolvió el FLP, Narciso Serra y Roca, su compañero en un influyente despacho de abogados, se jugaron a los chinos quien iría al PSOE y quien al catalanismo. El "socialismo del interior", en definitiva, fue más que nada, al igual que UCD, un conglomerado de advenedizos ansiosos de poder, y marionetas del monarca. EL PSOE ACCEDIÓ AL PODER POR CONVENIENCIA DEL MONARCA JUAN CARLOS I estaba persuadido de que para consolidar la monarquía le era necesario el respaldo de un gobierno socialista y su modelo era la monarquía sueca. Pero dificultaba ese propósito el respaldo a UCD del "franquismo sociológico". Se hizo necesaria la voladura interna de UCD en el congreso de Palma de Mallorca, cuyo principal artífice fue Abril Martorell, con el consentimiento de Adolfo Suárez, y favorecida por la multiplicidad de grupos que la integraban, no pocos de los cuales se pasaron con presteza al PSOE, a cuyos cuadros se habían incorporado mientras tanto los hijos de dirigentes franquistas más o menos notorio y sectores radicales del Frente de Juventudes y del SEU. Nada fue casual. Lo confirma la confesión que Leopoldo Calvo-Sotelo hizo al presidente de la República italiana, el socialista Pertini, en el palco del Santiago Bernabeu, cuando éste le preguntó si era cierto que convocaría elecciones anticipadas. Se lo ratificó Leopoldo Calvo-Sotelo y Pertini se congratuló puesto que, según su experiencia, siempre se recurre a ellas para ganarlas. El entonces presidente del gobierno español tras la acción institucional del 23 de febrero de 1981 respondió que las perdería. Pertini no pudo ocultar su asombro. El monarca consiguió lo que se proponía. Se deshizo de Suárez igual que lo había hecho con Fernández Miranda, con su lealísimo general Armada y años más tarde con Sabino Fernández Campo. El desmoronamiento de Unión Democrática del Pueblo Español, forzado por Adolfo Suárez, dio paso a la creación de Alianza Popular, la de los "siete magníficos", todos ellos exministros de Franco, a iniciativa de Manuel Fraga desde GODSA. Y de su fracaso elecoral nacería el Partido Popular, cuya existencia era indispensable para el obligado juego de la alternancia. RODRÍGUEZ O LA DESEMBOCADURA DE UN PROCESO ININTERRUMPIDO DE DEGRADACIÓN DEMOCRÁTICA Y así hemos llegado al retorno del socialismo al poder, merced a una misteriosa y trágica concatenación de hechos que encumbraron a José Luís Rodríguez Zapatero y a su cohorte de sumisos mediocres, casi ninguno de los cuales, en cualesquiera ámbitos políticos y territoriales, alcanzarían en sus profesiones originarias la congrua soldada que reciben como disciplinados profesionales de la política. A los cucos asamblearios felipistas, de los que se deshace Rodríguez para que no le hagan sombra, les sucedieron una patulea de irresponsables, trepadores y demagogos, recuelo tardío del mayo del 68, necios nostálgicos de la república que nos condujo a la guerra civil y títeres enfatuados de un poder que se esconde tras las bambalinas, ansioso de consumar una venganza contra España que viene de lejos y frustrada más de una vez. Me pregunto al final de este recorrido por la trastienda de la democratización si el monarca se la jugará también a Rodríguez valiéndose de las bazas que le proporcionan sus desalmados desvaríos. O si su resentimiento hacia Aznar y al PP, de sobra conocidos, bloquearán su olfato borbónico y nos acompañará en el desastre.

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