lunes, junio 18, 2007

Ignacio Camacho, Salteadores de alcaldias

lunes 18 de junio de 2007
Salteadores de alcaldías

POR IGNACIO CAMACHO
COMO cada cuatro años, el sábado se consumó en España el habitual asalto contra el sufragio universal, concelebrado a múltiples manos en la obscena ceremonia de un mercado negro. Los dirigentes de los aparatos políticos se repartieron el botín de alcaldías y delegaciones cuya rapiña habían planificado en los despachos, y luego se subieron muy contentos a los coches oficiales recién conquistados para celebrar en restaurantes de lujo el éxito de este pillaje de votos ajenos bendecido por la letra de la ley. No hubo excepciones: todas las fuerzas llamadas democráticas obtuvieron su parte en el saqueo.
Y aún quedan las autonomías. Canarias, Baleares, Navarra y Cantabria son el próximo escenario de este chalaneo en el que los intermediarios de la voluntad popular, sin distinción de siglas ni teóricos principios, se pasan por el forro la expresión soberana del sufragio para entregarse a la especulación con las cuotas de poder. Luego lamentan al unísono los vicios del sistema que en absoluto tienen voluntad de cambiar; todavía el sábado, Chaves prometía reformar la ley electoral en Andalucía mientras le birlaba al PP todas las alcaldías que habían quedado a su alcance. Como el capitán Renault de «Casablanca», se escandalizan de descubrir un casino al tiempo que se embolsan las ganancias.
Así hasta dentro de otros cuatro años, en que volverá esta infame molturación del criterio del pueblo en la almazara de los intereses particulares, de donde sale un aceite pringoso de fraude moral. Partidillos con dos o tres concejales han arramplado con más de una alcaldía, y formaciones con 25.000 votos se han quedado con un tercio del poder en alguna ciudad de 700.000 almas. Almas de cántaro que continúan consintiendo la timba de covachuela en que una casta de profesionales del engaño ha subvertido la dignidad de la política.
Con este sistema pervertido, alcanzar un solo escaño municipal se puede convertir en una inversión estratégica, amortizable como un fondo de capital/riesgo en los beneficios de cualquier gerencia de Urbanismo. Hay partidos que viven de asaltar cuotas clientelares en los pactos; en cada nueva elección pierden votos, pero crecen en influencia vendiéndolos al mejor postor en la subasta de alcaldes y presidentes de autonomías. A menos votos, más poder; se trata de una vergüenza tan evidente que no hay quien la defienda en público, pero nadie la va a cambiar mientras sepa que puede acabar beneficiándose de ella.
En Sevilla, un candidato despojado del triunfo se dirigió al alcalde recién investido con un desplante de dignidad tan soberbia como inútil: «Míreme: cada vez que lo haga verá al vencedor de las elecciones». El otro le miró acariciando el bastón de mando que acababa de realquilar en una coalición de perdedores. En las próximas elecciones votaré al partido con más proyección a la baja: al menos mi voto entrará en la Bolsa de especulación de prebendas antes de que lo tiren directamente a la basura.

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