jueves 21 de junio de 2007
El «no proceso»
POR IGNACIO CAMACHO
A fuerza de tropiezos, engaños, ambigüedades, errores, mentiras y avatares diversos, el llamado «Proceso de paz» -pronúnciese pazzzzzzz- ha acabado desembocando en una suerte de limbo indeterminado y equívoco en el que toda confusión tiene deliberada cabida. Es el No Proceso, o sea, el Proceso sin Proceso, un Proceso deconstruido como las tortillas de Ferran Adriá o la sangría con nitrógeno líquido de Dani García, un fenómeno de nueva cocina política que conserva intactas las propiedades del modelo original bajo una formulación de apariencia licuada, desestructurada o gaseosa.
El No Proceso tiene sobre el Proceso propiamente dicho la ventaja esencial de eliminar la presión sobre sus protagonistas. No requiere acuerdos parlamentarios, no exige treguas, no está expuesto al desgaste del debate público. Cada uno permanece en su sitio: los terroristas hacen de terroristas y el Gobierno hace de Gobierno. El No Proceso desactiva a la oposición, que no puede protestar por algo que no existe, y activa a las bases batasunas, que se sienten fortalecidas por el respaldo de sus primos de zumosol de la «lucha armada». El No Proceso elimina los riesgos políticos del Proceso en cuanto que, al no existir, suprime la contestación, la crítica, el forcejeo, las renuncias. En el No Proceso todos quedan bien: ETA se reserva el derecho de matar gente, de golpe o poquito a poco, graduando el terror a su conveniencia, y el Gobierno el de meter en la cárcel a los terroristas que tenga a mano. Ambos pueden acercarse o alejarse según el clima de opinión pública o el interés estratégico. El No Proceso no tiene calendario concreto, reglas claras ni contrapartidas explícitas, porque lo que no existe no puede ser regulado. El No Proceso tiene riesgos, aristas, incertidumbres y contingencias, pero son los mismos que antes del Proceso. El No Proceso permite a ETA administrar su presión, y al Gobierno administrar su firmeza. El No Proceso es una joya del cinismo político, un ejercicio virtuoso de pragmatismo maquiavélico. El No Proceso, en fin, es un hallazgo, una bicoca, un chollo.
El único punto débil del No Proceso reside en su propia condición de inexistencia. Se trata de una cuestión metafísica, ontológica, esencialista. Cualquier aspecto o detalle del No Proceso que lo aproxime al Proceso ha de ser suprimido o, en su defecto, negado, refutado, desmentido. El No Proceso ha de no ser, o como mínimo resultar invisible, que en la sociedad mediática equivale a dejar de ser. Porque si es, si se hace visible, inmediatamente se convierte en Proceso, y hemos quedado en que el Proceso ya no existe. En política, cuando algo que ha dejado de existir sigue existiendo no constituye un asunto filosófico, sino moral. Porque pasa a tratarse, simplemente, de una ocultación, de un engaño, de una mentira. De un fraude.
Así que, necesariamente, el No Proceso tampoco puede existir. Pero en realidad está ahí. En alguna parte. En Ginebra, quizá. O en el limbo.
jueves, junio 21, 2007
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