jueves, junio 14, 2007

Ignacio Camacho, Como piedra rodante

jueves 14 de junio de 2007
Como piedra rodante

IGNACIO CAMACHO
LA carnicería de Vietnam no acabó porque Bob Dylan le formulara al viento imposibles preguntas retóricas, sino porque los americanos se cansaron de recibir cadáveres de muchachos envueltos en bolsas de plástico, como ahora en Irak, y en sus solemnes cementerios de césped ya no cabían más lápidas ante las que rendir honores. Pero sin la banda sonora de este judío enjuto de carnes y afilado de huesos al que le acaban de dar el premio Príncipe de Asturias, los jóvenes de la generación hippie se habrían aburrido y marchado a sus casas en vez de acampar delante del Capitolio a hacer el amor y no la guerra. Dicen que el viejo Dylan ha sido el músico y el poeta más influyente del siglo XX, lo cual es mucho decir y tal vez bastante exagerar, pero no hay duda de que representa gran parte de la filosofía colectiva de los últimos cincuenta años: esa mezcla de mística espiritual, indolencia metafísica y lírica relativista que cruza como una cordillera moral la historia reciente de nuestra cultura.
Con su perezosa voz nasal, su estética de vaquero progre y el dulce y melancólico mugido de su armónica, Dylan simbolizó el mosaico de heterodoxia ética y estética en que se ha reflejado la juventud occidental desde los sesenta hasta hoy, con todas sus crisis de madurez, depresiones ciclotímicas y arrebatos de fulgor comprometido. Durante décadas encarnó el arquetipo contestatario y rebelde del artista independiente alrededor de cuyo magnetismo se agruparon los grandes movimientos juveniles; luego se reinventó a sí mismo en una nueva identidad de gurú escéptico, sentimentalmente arrasado de tragedia, y acabó, como piedra rodante, en busca de desconcertantes horizontes espirituales que le llevaron a cantar delante de Juan Pablo II. Elegante, ecléctico, inaprensible y ambiguo, ha transitado con sus versos plásticos, potentes y conmovedores por todas las corrientes de la modernidad, dejando una vasta impronta emocional en la memoria popular del siglo, que es a lo máximo que puede aspirar un poeta. Hoy sus frases son tópicos a fuerza de repeticiones, huellas mil veces pisadas por todos los textos y todas las voces, pero fue él quien dejó colgadas en el viento las preguntas sin respuesta de una generación desubicada, quien golpeó con rabia desolada y sangrante las puertas del cielo, quien constató con su iluminada convicción de visionario el vértigo con que estaban cambiando los tiempos de la conciencia histórica. Like a rolling stone.
Había sin duda otros respetables y prestigiosos candidatos, pero ninguno de los de este año ha gozado de la influencia universal e inapelable de Bob Dylan, que es de esa clase de figuras que prestigian a un premio antes que prestigiarse con él. Porque por su voz y su música pasa la otra historia contemporánea, el testimonio del poder blando y permeable que no mueve las grandes estructuras, sino la médula íntima de los sentimientos de la gente. Y porque en esta España del «ansia infinita de pazzzzzzz» ya quisiera alguno haber podido cambiar con una canción el curso de una guerra.

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