viernes, junio 22, 2007

German Yanke, La trampa del conseso

viernes 22 de junio de 2007
La trampa del consenso
POR GERMÁN YANKE
Ya sabemos que lo del consenso es una trampa, como bien explicó Thomas Darnstädt. Una trampa, aclara el profesor y periodista de la revista Der Spiegel, cuando se trata de cambalaches, impuestos por lo políticamente correcto o por convenciones vacías, que terminan impidiendo las políticas eficaces. El ambiente del debate nacional en España ha estado tan enrarecido, y tan falto de profundidad (y la política gubernamental tan atrabiliaria) que, ahora, aparece el consenso como el elixir que todo lo arregla, sobre todo la formulación definitiva de una política antiterrorista.
Pero el consenso y la «unidad de los demócratas» es un absurdo si no son el continente de medidas que, respetuosas con el ordenamiento jurídico, sirvan para conseguir los objetivos y preservar los principios. La trampa del consenso, en diversas medidas y con distintos efectos, ha presidido la política española desde la Transición hasta hoy. De hecho, se podría decir que la única decisión que han tomado juntos los dos grandes partidos, PSOE y PP, sin abrirla previamente a la negociación y a las posibles modificaciones de minorías y nacionalistas, fue, fruto del Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, la ilegalización de Batasuna. En ese contexto, los demás fueron invitados a sumarse, no a determinar previamente su sentido.
Y no fue porque, de pronto, PSOE y PP se volvieran orgullosos en exceso o proclives a excluir a las demás fuerzas políticas, sino porque repararon, ante la gravedad del terrorismo y la necesidad de combatirlo con profundidad en todos los campos, que era preciso no irse por las ramas de una imposible «unidad» y abordar la cuestión con la seriedad necesaria y los principios precisos. El interés de ese acuerdo no era sólo, por tanto, que los dos partidos (y el altísimo porcentaje de votos que representaban) estuvieran de acuerdo, sino el contenido del mismo que, por cierto, rindió después las consecuencias beneficiosas que eran de esperar.
Ahora, tras el fracaso del «proceso» y el anuncio de ETA de que rompía formalmente el «alto el fuego» ya inexistente, se plantea de nuevo, como ocurrió tras el atentado de Barajas, la «necesidad» del consenso y la unidad. Al Gobierno ya no le vale el entendimiento con el PP y la oferta a los demás y dice pretender un acuerdo más amplio, el consenso de todos los grupos del Congreso. El objetivo es loable, pero sólo en el caso de que las líneas maestras y el contenido del mismo respondan a la eficacia democrática y al respeto al sistema constitucional. Si se rebajan, si se aceptan las componendas dando más importancia a la cáscara que al huevo, el consenso se convierte, vuelvo a Darnstädt en «una forma carísima de organizar la irresponsabilidad». El ensayista se refiere, como se sabe, a la gobernación del Estado federal alemán, pero el concepto vale para nuestra política antiterrorista. Es más, el alto precio que presume para su país, en dinero y degradación de la democracia, se eleva en nuestro caso porque, ante ETA, nos jugamos la vida y la libertad.
Ibarretxe y Zapatero
Véase, en este contexto teórico, la visita que el martes hizo el lehendakari Ibarretxe al presidente Rodríguez Zapatero. Aunque algunos funcionarios de La Moncloa quieran insistir en que el lehendakari apoya la política antiterrorista, no puede obviarse, en aras de ese consenso, que Juan José Ibarretxe enmarca el problema de la violencia en un contexto político dominado por la especie de que hay un «conflicto» entre el País Vasco y España al menos desde 1839, una «solución» que no es otra que su Plan (presentado como «Estatuto político») previa abolición de la Ley de Partidos y modificación de la política penitenciaria. La paradoja de Ibarretxe es que, tras poner como límite para su apoyo el abandono de «viejas fórmulas del pasado» se pasó más de la mitad de su comparecencia en Madrid hablando de «derechos históricos» y pretendidas instituciones que hundirían sus raíces en las brumas de la Historia. Esa es la paradoja dialéctica, porque el fondo de su planteamiento es avanzar hacia el nacionalismo étnico con la disculpa de la violencia o de la tregua, que todo vale.
Con estos mimbres es no ya complicado sino imposible establecer, más allá de la retórica bobalicona, un acuerdo coherente y eficaz. El PSOE ha estado y está más cerca del PP en la formulación de un claro concepto de la nación democrática y la lucha contra el terror. Y, si lo intentara de veras en vez de marear la perdiz, constataría que el éxito (el del acuerdo y el de su eficacia) no es otro que el contenido.

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