jueves, junio 14, 2007

Ferrand, El mal ejemplo de Matas

jueves 14 de junio de 2007
El mal ejemplo de matas

M. MARTÍN FERRAND
UN político que se precie debe estar dispuesto, cada mañana, a desayunarse tragándose un sapo; pero con el límite, en una pirueta en el orden de los valores, de que no sea el batracio quien termine por engullírselo a él. Ahí tenemos el caso, muy poco ejemplar, de Jaume Matas, el factótum del PP balear y todavía, por un ratito, president del Govern del archipiélago. Concluya como fuere su negociación con la lideresa de Unió Mallorquina, María Antonia Munar, ya se ha puesto en sus fauces y, tanto el éxito como el fracaso, le llevarán a la masticación, deglución y digestión por tan voraz señora.
Como suele ocurrirle al PP en muchas circunscripciones, la mayoría que los votantes baleares le han otorgado en los últimos comicios no es suficiente para gobernar y, por lo que parece, Matas, que tampoco es un prodigio de rigor, está dispuesto a entenderse con el partido de Munar, aun pagando por ello el precio de la dignidad que nunca debiera estar dispuesto a satisfacer un partido con aspiraciones de grandeza y continuadas protestas de honradez. También los socialistas están dispuestos a negociar cuotas de poder con UM y eso, en el momento presente, debiera resultarle disuasorio al Partido Popular.
La presidenta de UM, aureolada con brillos de pasados escándalos y sospechas, ya ha dicho que en igualdad de condiciones -léase precio- prefiere acuerdo y matrimonio político con el PSOE de Francesc Antich; pero Matas, a quien acongoja patológicamente la idea de perder la púrpura, no decae en la intensidad de su error y, enseñándonos sus vergüenzas, prosigue en la almoneda. Ha llegado a ofrecerle a Munar el Ayuntamiento de Palma de Mallorca, algo a lo que no llegan los socialistas. Esta versión del carnaval napolitano -«yo te doy una cosa a ti, tú me das una cosa a mí»-, capaz de sonrojar a los espectadores más desahogados, supone una subversión del orden democrático porque, sin negar el pacto entre fuerzas para la consecución de mayorías, supone una traición a la voluntad de los ciudadanos y el sentido de su voto.
La conversión de un Parlamento, completado por listas cerradas y bloqueadas que limitan el matiz en la expresión de los votantes, en una sala de subastas en la que se puja por la consecución del poder, pagando incluso precios procedentes de otros estamentos representativos, es una gran corrupción democrática. Pasado mañana conoceremos el final de esta poco ejemplar peripecia balear en la que no se sabe cuál de sus protagonistas -Matas, Antich y Munar- merece menor respeto; pero sería deseable que, antes, el PP, aunque fuera con la oscuridad del dialecto rajoyano, expresara su desaprobación ante tales ansias de perpetuidad. También podría pedírsele lo mismo al PSOE; pero, en cuestiones éticas, ahí ya hemos perdido todas las esperanzas

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