martes 12 de junio de 2007
A PROPÓSITO DE ‘CAMARÓN DE LA ISLA’
Félix Arbolí
¿ DÓNDE estarás protagonista de aquellas mis noches de insomnio, recordando atontado ese primer beso furtivo que se me escapó y tu protestaste complacida?. Esa niña rubia de las trenzas que acaparaba miradas de envidia femenina y deseos de amor entre los chavales. ¿Dónde estará ese árbol centenario, no tocado por el rayo machadiano, donde grabamos nuestros nombres y nos dimos el primer beso de un amor que creíamos eterno y resultó tan efímero?. ¿Dónde han ido las personas y detalles que tanto nos han emocionado y hoy son sólo reflejos en el recuerdo?. La nostalgia, el volver la vista atrás, es como releer ese libro que tanto nos impactó y necesitamos recrear cuando añoramos algo bello e irrepetible. Una de las ventajas, si así puede llamarse, que poseemos los que hemos pasado el Rubicón de nuestra vida, es que los recuerdos no nos duelen, solo producen añoranzas. Decía Jorge Manrique que “nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir”, pero son ríos cargados de recuerdos que fluyen y se nutren en nuestro diario acontecer hasta desembocar terminado su cauce en ese mar desconocido que llamamos esperanza en un mundo mejor que el que acabamos de dejar. Toda vida es un rosario de recuerdos, donde los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos son las etapas vitales y los ” padrenuestros”, esos momentos alegres o trágicos que por su importancia y trascendencia constituyen un alto en el camino y motivan la interrupción de la constante reiteración de “avemarías” que forman nuestra cotidianidad. Cada día notamos más ausencias sin justificar en el aula de la existencia. Rostros y sonrisas que ayer fueron frecuentes y hoy han desaparecido por completo en ese recuento diario que hacemos en nuestros amaneceres al consultar las páginas necrológicas de la prensa o al haber oído sonar el teléfono a deshora interrumpiendo nuestro sueño y despertando la trágica realidad. . Todo cambia, decía el filósofo y tenía toda la razón. Nada es igual que ayer, ni será lo mismo que mañana. Somos aves de paso por un mundo con excesivas fronteras y pocos soportes donde descansar en nuestro continuo movimiento. El que ayer fue la representación del éxito y la popularidad, hoy queda convertido en un recóndito recuerdo que solo regresa a la memoria cuando por alguna causa es mencionado su nombre. Es la oportunidad que esperan para salir al ruedo los espontáneos de turno y participar en una lidia que no es la suya y a la que no han sido invitados, pero se empeñan en figurar. Esos “ amigos” ignorados que parecen haber sido la sombra de ese famoso desaparecido y el artífice de su triunfo. Hoy está dando la vuelta al ruedo de la noticia el nombre de Camarón de la Isla, discos, recuerdos y hasta una película sobre su vida que él jamás pensó fuera objeto de interés para el celuloide. Gozó la fama en vida, disfrutó de los muchos placeres que ésta ofrece a sus privilegiados y se marchó buscando esa estrella donde le habían reservado su tablao. Su voz, sin embargo, continúa entre nosotros. Es la ventaja que tienen los buenos artistas, que se proyectan más allá de sus dimensiones humanas. He de aclarar que no soy apasionado del flamenco, aunque me guste disfrutarlo en pequeñas dosis y en los momentos y escenarios adecuados, cuando el alma se siente inquieta y necesita una válvula de escape por donde deshacerse de sus particulares demonios. Es un arte especial y difícil que o gusta con locura e impacta en los lugares más insospechados, como el lejano Japón o se huye de él, buscando ritmos más alegres que te llenen de optimismo. Como buen andaluz, siento la letra y el rasgueo de la guitarra recorrerme los entresijos de mi anatomía y hasta se elevan mis pelos como afiladas puntillas, cuando el cantaor y el ambiente alcanzan su cenit. Camarón tenía ese arte y ese duende escondido que él sabía sacar siempre que actuaba, porque se trataba de un profesional como la copa de un pino. Yo tuve el placer de conocerlo, tratarlo y oírlo personalmente en momentos inolvidables que marcan toda una vida. El escenario, un bosque de pinares, eucaliptos, romeros, tomillos y otras plantas multicolores que como una cascada frondosa desciende hasta una playa de blanca y cuidada arena que se deja arrullar por el refrescante y continuo vaivén de un mar límpido y azul, donde se abrazan en remolinos amorosos la bravura del Atlántico y la calma legendaria del Mediterráneo, en lo que llaman “estrecho de Gibraltar”. Yo prefiero definirlo como el lugar donde se encuentran dos mundos Europa y América, hermanos separados desde los inicios del tiempo, que han querido reencontrarse navegando millas y protagonizando historias y leyendas, para fundirse en un abrazo permanente teniendo como testigo excepcional el continente africano, otro hermano separado aunque a solo catorce kilómetros de distancia. Un espacio donde no solo se unen mares con aires continentales diferentes, sino los vestigios de un pasado que yace en sus profundidades o ve la luz en las páginas de la Historia. Y este recuerdo del ayer, revive hoy a los quince años de la muerte de este genial cantaor y me traslada hasta esa tierra maravillosa y entrañable donde aterricé en este mundo, Chiclana de la Frontera, mi Chiclana, y a ese atardecer en su playa de La Barrosa, donde las puestas de sol se recogen en postales para contemplarlas cada vez que necesitemos llenar nuestra retina de belleza. Un insólito escenario que un gitano de la tierra, hoy tristemente desaparecido, amigo leal, padre prolífico y bailaor cojo, mi inolvidable Farina, lo definía así: -“ Según una tradición gitana el Creador destapó el frasco de sus mejores esencias y las esparció generoso sobre este lugar, pero embelesado y satisfecho ante la maravilla que había creado, se le fue la mano con la sal”. ¿Hay forma más bonita y precisa para ensalzar la tierra que nos vio nacer?. A esa playa con sus atardeceres ocres y anaranjados, cuando el sol desaparece en lontananza coronando el horizonte infinito sobre un mar que nos parece interminable, me refiero en estos momentos de añoranzas. Allí gocé la gracia, el arte y la grandeza del flamenco, que ha dado universales resonancias a toda una región y a toda España, gracias a Camarón, Rancapino, José Menese, Chato de la Isla y otros artistas, pero en un ambiente cordial y amistoso, sin intereses económicos de por medio. Éramos un grupo de amigos y paisanos con los que alternábamos en nuestras vacaciones veraniegas, a los que se unían Casilda Varela, la hija del general, Fernando Quiñones amigo e hijo de la tierra, Félix Grande, el celebrado poeta y otros nombres más que ahora me resulta difícil traer a la memoria. ¡Son tantos años pasados!. Al que si he de destacar por haber sido alma y vida de estas reuniones festivas es a Antonio Marín, hijo del más célebre artesano de la provincia gaditana, a la que ha hecho famosa con sus inigualables muñecas conocidas en todo el mundo y cuya labor continúan sus herederos. ¡Qué monumento le debe mi pueblo a este chiclanero universal!. Mi inolvidable y querido amigo don José Marín Verdugo. Nuestros saraos flamencos eran auténticos aquelarres donde se percibía en el ambiente ese duende y embrujo de la copla andaluza con sus aires tristes y desgarrados que sirven para llorar, dolerse de una traición, recordar con emoción al que se ha ido y hasta para rezar cantando con el fervor popular y religioso de la saeta. Aunque a veces, como ocurre en Cádiz, animen y alborocen con alegrías y tanguillos de la tierra tan populares y entrañables. Todo resultaba fantasmagórico y alucinante: la negritud impenetrable del horizonte, el monótono e inquietante movimiento de las olas y la placidez silenciosa del campo circundante. Rompiendo el paisaje y alumbrando el entorno, la fogata donde se consumían pinos, romeros y cuantas ramas y hojarascas encontrábamos, que aromatizaban el escenario mientras crepitaban y saltaban en chispas a diestro y a siniestro. Era el momento y el lugar más impresionante donde poder dar aires de libertad a este fascinante conjuro. La guitarra rasgaba el aire enmudeciendo a grillos y cigarras. A su compás, se alzaba la voz bronca, cazallera y gitana del cantaor lanzando a la silenciosa oscuridad nocturna sus ayes y lamentos. Como obedeciendo a un resorte, poseído por el hechizo del momento, el cojo Farina se arrancaba valiente con un baile frenético, instintivo, preciso en el movimiento de sus manos y pies, transfigurada su expresión. Su trepidante taconeo, a pesar del intenso dolor de su cojera iba marcando profundas huellas sobre la arena donde se hundían con fuerza una y otra vez. Era realmente fascinante contemplarle contorsionándose como si estuviera bajo los efectos de una extraña y poderosa droga, ajeno a todo cuanto le rodeaba, mientras soportaba estoicamente el enorme sufrimiento que su padecimiento de cadera le producía. A esta insólita representación artística acompañaba el exquisito vino de la tierra, de crianza exclusivamente natural, como complemento ideal de ese pavo recién asado, “robado” en el corral familiar de uno de los participantes para dar mayor emoción al evento. La carne tan rápidamente preparada resultaba algo dura, pero los vapores del “caldo” de la tierra y el tinglado que teníamos montado compensaban con creces esta deficiencia. ¿Se figuran la maravilla de ver aparecer el sol anunciando un nuevo amanecer mientras celebrábamos esta incomparable velada?. ¿O las delicias de ese chapuzón tras una noche de juerga, donde hubo en todo momento una sana y grata camaradería?. Algo místico, esotérico, muy difícil de bloquear en la memoria. Este es el recuerdo que me viene a la mente en estos días que tanto se habla de Camarón de esa Isla, esa isla de mis amores, donde antes de su gloria y sus sueños realizados, sus padres y los ocho hijos del matrimonio, de los que nuestro protagonista era el segundo, malvivían con los ingresos que proporcionaba la fragua familiar, que ya habrá desaparecido como tantas otras cosas y recuerdos, situada en la calle de la Amargura, que en mis tiempos juveniles era la que el hombre frecuentaba porque en ella se hallaban las casas donde alquilaban unos ratos de placer para apagar ardores pasionales.
martes, junio 12, 2007
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