jueves 14 de junio de 2007
El rayo que no cesa
Félix Arbolí
V ENGO del médico, a las tres horas de haber salido de casa. Iba para un simple análisis de sangre y me habían citado a las ocho de la mañana, en ayunas, como es lo habitual. Cuando hemos llegado al Centro de Salud, (como le llaman ahora, aunque todos los que van allí es porque están enfermos o al menos eso les parece), que está a unos doscientos metros de casa, había una enorme cola en la ventanilla, esperando la llegada de la empleada para recoger número. Las colas en este país es algo característico, como el enchufismo, el cotilleo y la pasión por el fútbol, yo las he padecido a lo largo de toda mi vida, desde aquellos lejanos tiempos en que íbamos con la cartilla de racionamiento a recoger el pan, aceite, garbanzos o lo que tocara. No hay acontecimiento, espectáculo o gestión que no genere su consabida cola. Las ventanillas colapsadas, es otra estampa habitual en esta España de nuestros amores y temores. Unas veces porque el pesado de turno es lento para asimilar la información de la empleada y nos hace perder el tiempo a todos y otras, porque la encargada de atendernos está de cháchara telefónica o se le han pegado las sábanas y a veces, incluso, por el detalle de desayunar con su hombre, ya no se suele emplear la palabra marido, que se demora más de lo normal por discusiones caseras de última hora o melosas carantoñas cuando llevan poco tiempo conviviendo juntos. La cuestión es que llegando un cuarto de hora antes de la cita, me dieron tras guardar el turno reglamentario el número 22, o el de “los dos patitos”, como diría el castizo cuando en la España de la posguerra suplíamos nuestras carencias y faltas de estímulos con esa loterías familiares a “perra chica” el cartón. Ahora utilizamos la palabra inglesa “bingo” para designar un juego tan español y popular. Como si acabaran de inventarlo ellos. Somos así de Perogrullo. Todo normal en esta España que no cambia en sus vicios, ni se afana en las virtudes, adaptando costumbres y palabras foráneas en detrimento de las nuestras, a excepción de ésta de las colas que mantenemos a rajatabla hasta para comprar la prensa. Es un decir. En la cola, viejos, algunas madres con niño a bordo de esos cochecitos, algunos tan sofisticados que deben tener hasta Internet y gran número de inmigrantes, con y sin niños, entre los que destacan dos moras con sus correspondientes chilabas y pañuelos, que miran desafiantes al ver la reacción que causan entre un público poco avezado a los disfraces fuera del Carnaval. Los maridos por delante, como “reyes de la manada” y ellas detrás, siguiéndoles los pasos a una prudente distancia y teniendo que abrir la puerta para pasar, pues ellos no habían tenido el detalle de sostenérsela. Por lo visto, para éstos señores la mujer es como un objeto que usan para tener hijos y satisfacer sus noches de placer, que ellas no pueden sentir por lo de la ablación. ¿Para qué proporcionar goce a esa hembra por la que se ha pagado un precio en metálico o un número de cabras o camellos, según las circunstancias?. ¿De verdad que esa es la doctrina predicada por Mahoma?. No lo creo y que me perdonen los intolerantes. La figura del Profeta, aunque no sea el de mi religión, me inspira un gran respeto y admiración y lo que he leído de su libro sagrado El Corán, no indica que la mujer sea un objeto mercantil al alcance del bolsillo del varón y para su exclusivo y despótico uso. ¿De donde han salido esas arbitrariedades inconcebibles en el siglo XXI y más aún adoptadas por mujeres españolas que criadas en la fe cristiana, abjuran de su religión y se someten a la musulmana con sus injustas medidas sociales, laborales, culturales e individuales respecto a su sexo?. Me dirán que exagero, pero a las pruebas me remito. Es fácil comprobarlo en las calles, comercios y cualquier lugar donde se encuentren. He conversado con islamistas moderados y me han asegurado que en el Corán no figura nada escrito que haga a la mujer sierva del marido, que deba ir tapada hasta los ojos y tener que someterse a esas pruebas y medidas que rayan en lo delictivo, como es la citada ablación. ¿Qué clase de religión sería esa?. ¿Cómo es posible que haya mujer libre, culta y nacida no musulmana, que se preste a esa humillación?. No pueden estar presentes, ni siquiera ser vistas en las reuniones amistosas del marido, como si se trataran de seres de segunda categoría. Y hasta permanecen encerradas como si fueran objetos de colecciones privadas en salas con más o menos lujo, llamadas harenes, a merced de que su amo y señor se digne elegirla como favorita para esa noche de placer. Toda una vida “exquisita en detalles hacia la dama” que muchas españolas están aceptando incomprensiblemente por propia voluntad. Cuando llegó mi turno, había pasado una buena representación de los rincones más diversos del mundo, cuya perspectiva personal no ofrecía promesa alguna de mejoramiento de nuestra raza y continuaban esperando las “chilabistas” y sus distanciados acompañantes. ¿Se han enterado que nuestro flamante y barbudo ministro del Interior ha dado autorización para que las seguidoras de Mahoma, puedan hacerse el DNI con el yihab encasquetado hasta las cejas, sin asomar mata de pelo o residuo de orejas?. Medida que trae locos a los policías encargados de su confección, ya que de esta forma es imposible identificar a nadie y no están los ánimos para que tras los horribles atentados sufridos tengamos deambulando por las calles a estas “tapadas” que nadie sabe qué pueden ocultar bajo ese exceso de vestuario. Incluso, si bajo ese agobiante disfraz se oculta un hombre con no muy buenas intenciones. Cosas mas inverosímiles han ocurrido. En Australia, país sin tintes xenófobos, ni intolerancia hacia el inmigrante, ya que los que han ido se han encontrado un auténtico paraíso natural lleno de posibilidades esperándoles, han sido tajantes y claros en esta cuestión. Han hecho saber que no tolerarán imposiciones foráneas en usos, costumbres y creencias de ningún tipo. Que el que tenga una manera distinta de enfocar su vida y realizar sus credos, tiene dos caminos o adaptarse a las del país al que han venido, sin que nadie les haya llamado o volverse a sus países de origen donde pueden desarrollar sus distintas maneras de vivir y entender la fe sin que nadie les ponga pegas. Advierte que si les ofende la presencia de la Cruz en las escuelas y centros de trabajo u otro lugar público, idem de lo mismo, ya que ellos deben su cultura y normas de vida a la civilización cristiana y no van a venir los inmigrantes a implantar sus normas y eliminar las del país que les acoge. Así de claro y sencillo, pero contundente, ya que unidas a estas normas obligatorias publicadas, se han dedicado a poner en las fronteras, utilizando a las fuerzas públicas si llegaba el caso, a todos los imanes y predicadores que destacaran por su intolerancia y fanatismo. Prohibido, por supuesto, el uso de esos velos cubre todo en las mujeres. La cara descubierta para que todos puedan ver de quién se trata. Luego en sus casas que vistan o se cubran como quieran. Y nadie ha clamado contra en estas medida en el foro internacional. ¡Estamos hartos ya de inmigrantes exigentes y de sus protestas injustificadas, ya que son ellos los que deben adaptarse a nuestras costumbres y no a la inversa!. En Italia utilizan barcos de guerra para impedir que pase de sus aguas jurisdiccionales cualquier barco que no lleve a bordo personal con sus papeles legalizados. Tienen orden de usar la fuerza, si ello fuera preciso. Malta, se hace la sorda y no acepta hacerse cargo de esos náufragos que en sus límites marítimos fueron rescatados por un pesquero español, al que su obra de caridad le supuso la pérdida de unas jornadas de pesca. Tuvimos que hacernos cargo de ellos, aunque nada teníamos que ver en el asunto y cargar con una serie de indocumentados para que aumenten esa variopinta población flotante e ignorada oficialmente, que llenan nuestras calles. Es triste tener que pensar así, pero es que cuando del grifo no cesa de manar el recipiente se llena y desborda, provocando una catarata de inciertas y nada gratas circunstancias. Mauritania, Pakistan, Costa de Marfil, Malí, Senegal, etc, no hacen más que mandarnos aluviones de desesperados inmigrantes a nuestras costas. Mujeres con niños y hasta embarazadas, para que su repatriación no sea posible y los críos pasen a la tutela estelar o de la comunidad donde se destinan. Son cientos los que nos llegan en esas pateras de la miseria que al año se transforman en miles. Personal que en esas condiciones y con tales circunstancias familiares no nos beneficia en nada, ni nos hace falta. Tenemos nuestros propios indigentes y albergues completos, como para aumentar su número con los foráneos. La situación actual de España, por mucho que nuestros políticos engañabobos se empeñen en decirnos que es magnífica, está sufriendo una crisis económica espantosa. Como hacía años no padecíamos. Está tocando fondo y cuando al pozo se le vea sus profundidades totalmente vacías, nadie sabe lo que pasará. Pero de cualquier manera, nada bueno, ni tranquilizante. Porque cuando a un pueblo se le hinchan las bolas “de los ojos”, es como el río que se desborda arrasando todo a su paso o la montaña que se desploma sepultando todo lo que encuentra. El culpable de esta tremenda debacle general, a excepción de bancos y financieras que proliferan “epidémicamente” y cierran balances exageradamente positivos en cifras, lo achacan a la llegada del euro, que nos ha dejado con el taparrabos como única cobertura. El dinero ha perdido su valor y el españolito de a pié vive “acojonado” esperando los días de cobro, como de pequeño esperábamos la noche de Reyes. Los pelotazos del ladrillo y los chanchullos entre políticos de distintas categorías y sus “amigos” proveedores por partida doble, están haciendo auténticos expolios en las arcas públicas que, caso de descubrirse por el chivatazo de algún resentido, se paga con una fianza ridícula y una estancia más bien corta en la enfermería de una cárcel modélica. Todo solucionado y las Islas Caimán esperan. Para colmo de desastres, la excesiva llegada de inmigrantes nada cualificados y por lo tanto nada necesarios, niños incluidos, que estamos soportando e incrementando de manera constante, sin que se alce una voz autorizada, responsable y eficaz que detenga esta marea que nos invade sin cesar con elementos en su mayoría nada deseables ni justificativos de nuestra fácil permeabilidad fronteriza. ¿Saben que el diez por ciento de la población española es ya de emigrantes y eso contando solo a los censados, que en la realidad esa cifra se triplicaría?. Tampoco hemos de omitir la continua escena de esa pareja foránea, allende el Atlántico, que va por la calle con dos o tres críos, uno de ellos en cochecito de bebé y otro dando señales de su próxima existencia en la abultada tripa de la madre. Al cabo de veinte años, acapararán puestos de trabajo, cargos, sindicatos, calles, plazas y comercios y nosotros seremos los extraños en minoría de nuestro propio país. Ahí tienen el ejemplo de Kosovo y su consecuencia final. Este constante flujo nos supone el colapso en los servicios sanitarios (que tantos esfuerzos y sacrificios nos ha costado), en las escuelas públicas (construidas y conservadas con nuestros impuestos), en los servicios públicos en general y en la tranquilidad y seguridad personal ya que esos individuos que deambulan por calles y plazas han de comer, dormir y vestir y tienen que buscarse la vida como sea. Está bien que se ayude al que lo necesita. Es de cristiano y bien nacido. Todo esto es hermoso y está inspirado en la doctrina de Cristo, pero todo tiene un límite y no creo que sea prudente y correcto ceder la propia casa, medios y hasta la cama a familias foráneas enteras, que encima revuelven y alteran mis pertenencias y eliminan símbolos respetados y sagrados para imponer su exclusivo y extraño criterio. Eso ya no es caridad, se llama bajada de pantalones o ser más quijotes que el mismo Alonso Quijano. Y así terminaremos, aunque resulte un tanto exagerado, como Dios o los políticos no lo remedien de una vez. Les concedemos todo lo que nos piden, sin pensar que esa casa entregada al inmigrante supone que un español se quede sin ella. Como las dos viviendas dadas a la familia del ecuatoriano muerto mientras dormía en su coche por el atentado de ETA, incluidos primos y cuñados que se colaron aquí de rositas. Estimo que fuimos excesivamente generosos, ya que aunque resulte muy lamentable y triste que mueran personas por atentados a los que gobierno y gobernados somos ajenos, no es normal ni prudente que alguien pueda quedarse dormido dentro de su coche en la noche madrileña y en lugar no muy transitado, como tampoco creo que sea costumbre recomendable en su país. ¿Cuántas víctimas de esa banda terrorista se han visto beneficiadas de esa manera?. ¿Cuántas del atentado islamista en los trenes de cercanías?. Y aún amenazaba el papá del fallecido con demandas judiciales al Estado y otras zarandajas buscando la indemnización que seguro le habrán concedido. No me extraña que con estas deferencias y atenciones la entrada en España se haya convertido en el afán común de todos los que no se encuentran a gusto en su país y los listillos de turno que viven sin dar golpe exigiendo en meses lo que muchos españoles no han alcanzado a lo largo de su vida y trabajando duramente. No hemos de olvidar tampoco las creencias y procedencia de esos inmigrantes pateros. Todos musulmanes y algunos incluso de países donde se entrenan los terroristas del fanatismo islámico. Estamos metiendo al lobo en casa y dándole oportunidades y facilidades y cuando queramos darnos cuenta estaremos todos de rodillas y mirando a la Meca, ya que resulta que los barcos que deben controlar las fronteras marítimas para impedir el tráfico ilícito de personas, son los primeros que las recogen y trasladan a nuestras costas, donde guardias civiles, ONG y demás instituciones, se empeñan en ofrecerles la antesala de un paraíso que sirve de atractiva llamada general a los que esperan su turno de “paterar”. Dándole trigo no se espanta al cuervo. Debemos cerrar los ojos, aunque nos duela, y evitar esta continua y numerosa invasión por tierra, mar y aire ahora que aún podemos.
jueves, junio 14, 2007
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