martes 19 de junio de 2007
CUANDO RUGEN LAS PASIONES
Félix Arbolí
L OS fanatismos sean de la índole que sean y las motivaciones que los originen no son nada recomendables ni prudentes. Las exaltaciones desbordadas suelen darse en la llamada plebe o masa popular. Los que viven vacíos de ideales serios y se aferran a las chucherías de la vida como único pretexto de involucrarse en algo y dar riendas sueltas a ese instinto animal que subyace en todo individuo, aunque muchos lo tenga más cercano a la piel que otros. Pocos fanatismos se dan en seres que han recibido una educación adecuada, poseen unos estudios de un nivel superior a la media y residen en un ambiente poco dado a tumultos y provocaciones. En el fondo, todos sentimos simpatías hacia una persona, entidad o causa determinada. Es normal. Nada que objetar si las manifestáramos de una manera civilizada, procurando no molestar al vecino o paseante ajeno a esas pasiones y que no tiene por qué intervenir en las mismas. Las exageraciones y desbordamientos populares y festivos no son nada beneficiosos ni a los que los protagonizan ni mucho menos a su entorno. Antes de continuar, he de aclarar que no soy antifútbol, ni anti equipo determinado. A veces suelo ver algún partido en la tele, si interviene España en competiciones internacionales, así como un partido de tenis, una carrera de motos o una de coche, si hay algún español participante. Más que el deporte en sí, me interesa el hecho de ver triunfar mis colores nacionales. Estamos en la nueva época de los “becerros de oro”. Ídolos con peanas de barro que arrastran a multitudes de serviles y adictos que los consideran superhéroes porque han cumplido con su deber profesional por el que perciben cantidades escandalosamente millonarias. No sabemos ver la diferencia existente entre responsabilidad y espíritu de sacrificio y las caprichosas carambolas de la suerte que han hecho sonar la flauta por pura casualidad o a base de chequera. Somos esclavos y adoradores de expertos en patadas y carreras y pasamos indiferentes ante ese investigador, sabio o lumbrera que se ha esforzado en la soledad de su humilde puesto de trabajo por encontrar esa solución, idea o proyecto que beneficie y mejore la vida de la Humanidad. Estos pasarán ante nuestros embrutecidos ojos de seres atrofiados sin pena ni gloria, en el más indignante anonimato, porque estaremos aclamando al que presenta como credencial de su proeza unas botas con tacos y una camiseta que ni siquiera han tenido que sudar. Son los nuevos “rey Midas” de la actualidad que gozan de lujos y privilegios excesivos que nadie les critica, ni aún aquellos que tienen que doblar el espinazo en su día a día para malvivir. Opulencias que no impiden que a la hora de tener que responder ante su público y directivos olviden sus bien remuneradas obligaciones y se dediquen a pasear por el césped con más aires de estar bailando un minueto, que de competir entre hombres con el decidido propósito de alcanzar la victoria. Ignoran olímpicamente al marcador y la desilusión de sus acérrimos seguidores. Una ducha, el buen coche y al restaurante de cinco tenedores para cenar tranquilamente antes de regresar a su confortable “choza”. Y mientras, padres que no comen, hijos que no pueden estudiar con atención, esposos que discuten por un quítame de allí estas pajas y rostros coléricos que descargan su furia sobre el más próximo y menos dotado físicamente en increíbles arrebatos de ira. Comprendo que los equipos futbolísticos tengan sus partidarios y admiradores, como tiene el jugador de tenis, corredor de motos y coches, el jugador de golf y todas cuantas demostraciones deportivas se realicen cara al público. Un deporte sin seguidores a poco puede aspirar en un mundo dominado por la publicidad y el seguimiento de masas. A mi también, ya lo he mencionado, me agrada presenciar a veces y en la tele un buen partido de fútbol o cualquier otro evento deportivo. Pero dentro del deseo de que ganen los que me caigan mejor, no entra para nada en mis cálculos y postura fastidiar la tranquilidad de mi acompañante o vecino con gritos, tracas, bocinazos y otros estruendos más o menos parecidos, que sólo consiguen alterar las cuerdas vocales, zarandear el tic-tac del corazón y demostrar al de al lado, al que está frente y al que vive en los alrededores que soy un desequilibrado necesitado de una buena mordaza y una camisa de fuerza. Hemos de comprender que todos los ciudadanos tienen derecho a disfrutar unos momentos de relax, sin tener que padecer los insoportables y molestísimos petardazos, que se han puesto de moda en toda celebración y que sinceramente maldita la gracia que tienen. Es lamentable y debería estar penado, el uso de estos absurdos e incomprensible “juguetitos”, que en más de una ocasión han producido desgraciados y hasta mortales accidentes. ¡ Están los ánimos como para que nos alteren con estas detonaciones inesperadas!. El dueño de la cafetería junto a casa, asturiano por más señas, sale a la puerta de su local cada que vez que el Madrid marca un gol en sus partidos y suelta una tremenda traca que hace retumbar las paredes del edificio. Cansado de estos sobresaltos cardiacos me tuve que asomar a la ventana más de una vez y lanzarle palabras y tacos no muy correctos pero contundentes. El cabrito no lo hacía pegado a la puerta de su local, sino a mis ventanas y a las de mis vecinos. Menos mal que el dimngo tenía cerrado por ser festivo y me libre de sus inesperados y alarmantes petardazos para enterar a todo el barrio de los goles de su equipo. ¿Qué dirán sus clientes cuando le ven abandonar la barra y salir echo un energúmeno, cohete en mano, para alterar la calma vecinal y molestar a los que no sienten sus mismos arrebatos?. También resultan insoportables los gritos estentóreos de esos fanáticos motorizados que van sonando insistente no solo el claxon de sus vehículos, sino esas portátiles y descomunales bocinas que producen tan insoportable resonancia y todas las “lindezas” habidas e imaginadas para fastidiar al que se cruza en su camino y encima conduciendo a todo gas. No tienen en cuenta que no todos se pueden permitir el jolgorio nocturno y continuado, ya que muchos necesitan descansar para rendir sin problemas en sus cotidianas actividades. Tampoco veo normal y menos que lo permitan las propias autoridades ese obligado desplazamiento hasta la Cibeles para armar la marimorena acostumbrada. Como si esa fuente fuera privativa de los que sienten los albos colores futbolísticos. ¿Quién le ha dado esas atribuciones y fundamentos para obrar de esa manera?. La Cibeles es un emblema de Madrid, sin distinción de colores futboleros y no me explico por qué se han empeñado en llevar allí sus trofeos y celebraciones, en una exclusividad que nadie les ha otorgado, a pesar del consiguiente peligro a que la exponen de rotura o deterioro, como ya ha ocurrido varias veces, Y todo para que Raúl, se alce sobre la diosa y la “cubra” de madridismo con esa banda o bandera que le coloca. Y aparte de esta parafernalia que en nada beneficia a la popular estatua, el empleo de vallas, andamiajes, grúa y los trescientos policías que se precisaron para intentar contener esa marea de alucinados que no siempre son fáciles de apaciguar, como ocurrió en ésta última con detenciones y heridos incluidos. No importa, paga el contribuyente, aunque se de el caso de que no tenga nada que ver con el Madrid o el que ni siquiera sea aficionado a la práctica de este deporte que tiene de todo, menos acciones y composturas deportivas. Pienso y opino que no todos tenemos que sentir esos alborozos vikingos y futboleros, para celebrar el que uno de sus millonarios fichajes se haya dignado marcar un tanto que es lo único que tiene que hacer para justificar su vida privilegiada. Tampoco tenemos que celebrar por mandato municipal los triunfos madridistas porque el Sr. Gallardón y los del PP de la Comunidad sientan esos colores con la misma o mayor intensidad que sienten los de la popular gaviota de su partido. Hay más equipos madrileños y en ese caso, ya que se involucran públicamente, lo han de hacer sin distinciones mientras ostenten la representación oficial de la comunidad y el municipio. Tampoco me parece normal, como es de suponer, utilizar al pobre Neptuno y su tridente como símbolo colchonero. Las estatuas y patrimonios culturales de la colectividad han de estar a salvo de estas absurdas manías, aunque en el caso rojiblanco no exista tanto peligro ya que es un equipo que no suele proporcionar muchas ocasiones de festivas celebraciones a su constantemente machacada afición. Luego el numerito más propio de circo o de suceso verbenero, en el que los súper héroes de la “machada” subidos al autobús reciben el homenaje de la enfervorizada hinchada que los aclaman vociferando como posesos, como si gracias a ellos se hubiera llegado a la luna. Y nuestros gladiadores del césped, arropados con banderas, saludan con el mismo énfasis que lo hacía Franco desde el balcón del Palacio de Oriente a su entregada multitud. Son los héroes del momento, los nuevos dioses de la felicidad colectiva, los que se lo llevan “calentito”, mientras que los que les chillan y aclaman han de empezar en cuanto regresan a sus casas a pensar cómo solucionar los problemas del cada día. Y esta locura colectiva se hace extensiva a todas las latitudes donde el fútbol se ha convertido en adormidera de conciencias y alimento de fanáticos que buscan desesperadamente a quien poder idolatrar. Ayer, recepción en el la Casa de Correos y el ayuntamiento, saludos desde los balcones principales y en caravana de lujo y multitudes hasta hasta la Catedral para ofrecer a la Virgen ese glorioso trofeo ganado con el esfuerzo y sudor de todo un año de intensos sacrificios. Acto que lógicamente, no podía ser menos, fue presidido por el propio Cardenal Arzobispo de Madrid. ¿Estamos locos todos o qué nos pasa?. ¡No me digan que toda nuestra vida ha de girar en torno a un balón y unas botas con tacos! Entonces, apaga y vámonos con la música a otra parte, que aquí se han fundido los plomos.
martes, junio 19, 2007
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