jueves 21 de junio de 2007
El reto de reinventar Europa Enrique Badía
Aunque el devenir de la construcción europea a menudo da sorpresas, no es seguro que el empuje inicial de la canciller Merkel como presidenta de turno de la Unión vaya a lograr deshacer el bloqueo generado por el fiasco del tratado constitucional. La cumbre de esta semana en Bruselas se presenta, pues, con serios riesgos de constituir un mero trámite en el que los líderes comunitarios vayan poco más allá de tratar de salvar la cara en la redacción del comunicado final.
Tres años después de los rechazos francés y holandés, las cosas siguen más o menos igual. En esencia, persiste el desacuerdo entre quienes defienden la pervivencia de lo esencial del texto rechazado y los partidarios de acometer la redacción de un texto breve, que aborde lo fundamental y olvide pretensiones de constitucionalidad. Ha habido, es verdad, algunas aproximaciones, básicamente promovidas en torno a las propuestas —no idénticas— de Merkel y Sarkozy, pero en una comunidad que ya suma veintisiete miembros es casi inevitable que alguno muestre oposición; en este caso, parece que Polonia mantiene la negativa más radical, pero es casi seguro que otros socios, por ejemplo Reino Unido, esconden su postura contraria tras la firmeza de Varsovia.
Mientras, el tiempo sigue avanzando y la Unión persevera en su tendencia centrífuga en cuestiones muy relevantes, desdibujando cada vez más su posición en el escenario global. O, lo que es aún peor, está adoptando medidas que sólo parecen responder a posturas individuales —¿también intereses?— de algún comisario concreto, pero se ajustan poco o nada a criterios efectivamente compartidos, con visión de futuro y coherentes con objetivos no abdicados de política común.
Hace tiempo que está claro lo difícil que va a resultar hallar una salida al fiasco constitucional. De una parte, porque son mayoría los socios que han ratificado el texto; varios de ellos —España es uno— mediante referéndum. De otra, porque nada hace pensar que repetir la consulta en Francia y Holanda conduciría a un resultado favorable. Antes bien, el sesgo que revelan las encuestas sugiere un rechazo igual o mayor que el expresado en su día. Y, por si fuera poco, tampoco parece que ratificaciones pendientes, con el destacado caso de Reino Unido, sean más fáciles ahora que hace tres años: más bien al revés.
La realidad es que los líderes europeos —algunos ya jubilados— erraron al reaccionar considerando que el tiempo ayudaría a mejorar la situación. Ha ocurrido lo contrario: se han enquistado posiciones y ahondado el distanciamiento de los ciudadanos respecto de los objetivos planteados. Y, en contra de lo previsto, los dirigentes emergidos no han podido o sabido aportar dosis de imaginación capaces de restablecer el impulso perdido.
Los más optimistas y esperanzados siguen soñando con la aparición de líderes asimilables a lo que en fechas no demasiado pretéritas significaron Kohl, Delors, González o Mitterrand. Pero si los hay siguen inéditos o no acaban de aparecer.
Quizás sea que ya no cabe aplicar esquemas pasados de liderazgo a la situación actual. El proverbial eje París-Bonn (hoy Berlín) pudo funcionar y funcionó de hecho en una Unión a seis, doce e incluso quince, pero puede resultar endeble e insuficiente con doce países más y, lo que es más relevante, una agenda de asuntos bastante más densa y compleja que la afrontada en las cuatro primeras décadas posteriores a la firma del Tratado de Roma.
Probablemente, lo que haga falta y por ahora no se vislumbra sea el propósito decidido de abandonar la inercia y acometer algo así como la reinvención del proyecto europeo, desde la realidad de su actual perímetro extendido, los parámetros de un mundo globalizado y crecientemente complejo, y una lista novedosa de desafíos entre los que destaca repensar qué aspira a ser la Unión Europea, con qué alcance territorial y sobre todo para qué. Algo sobre lo que es evidente que no todos los actuales líderes ni sus ciudadanos piensan igual.
ebadia@hotmail.com
jueves, junio 21, 2007
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