A caballo entre la chapuza, la mentira descarada y la "política-ñapa"
Ely del Valle
LA VIÑETA DE ENIO
Luminoso espionaje.
Corren unos tiempos en los que el despropósito se ha convertido en un valor al alza y el "donde dije digo, digo Diego" ha adquirido status de normalidad democrática.
20 de junio de 2007. Vivimos en un país en el que la mentira, que según el adagio popular debería tener las patas cortas, se anda paseando a zancadas como si tal cosa y con la misma mezcla de naturalidad y descaro con la que Bar Rafaeli se cimbrea por las pasarelas de medio mundo. Y si no, díganme ustedes cómo se explica que Zapatero anuncie a bombo y platillo que se centrará en combatir el cambio climático y, a la vez, la propuesta estrella de su ministra de medio ambiente sean unas desalinizadoras que tienen a los de Adena con los pelos del cogote erizados como garfios; o que Llamazares asegure que IU no es un partido bisagra porque "la bisagra va hacia los dos lados" mientras que su partido "sólo hacia uno" con el objetivo de alcanzar acuerdos "en la izquierda", aunque luego resulta que en Ardales, provincia de Málaga, sus dos concejales han pactado con Falange Auténtica para arrebatarle la alcaldía al PSOE; o que en Madrid José Blanco afirme que ve todavía muy verde el pacto en Navarra con NaBai y, al mismo tiempo, en Pamplona Puras anuncie un acuerdo con los chicos de Zabaleta para crear una nueva consejería; o que Rajoy proponga que se deje gobernar al partido más votado al tiempo que se lía con Coalición Canaria para impedir que López Aguilar sea presidente; o que el Gobierno considere que las listas de Acción Nacionalista Vasca son "perfectamente democráticas", y sin embargo expulse del partido al alcalde del PSN por aceptar los votos de dos concejales de una de esas listas. Lo peor de todo esto no es que la clase política en general nos tome a todos por idiotas, sino su habilidad para colarnos, sin que lo seamos, tanta contradicción junta mediante la táctica, ciertamente sibilina, de colocarle el disfraz de "estrategia política" que permite que cualquier político cuente lo que le sale de las narices y lo contrario, sin temor a que la masa ciudadana le levante reprobadoramente la ceja. En el otro capítulo, el de los despropósitos, también vamos bien servidos: Consejos de mujeres que se dedican a sexar osos; actores montando en cólera porque al final de una ley que amenaza con hundir las salas de cine no aparecen los créditos; y espías del CNI que tras ser sorprendidos mirando por el ojo de la cerradura de Manuel Pizarro niegan la mayor y explican que simplemente pasaban por allí. Vamos, que tenemos un servicio de espionaje a la altura de Anacleto, agente secreto. Si cualquiera de estas cosas nos las llega a contar Gila, nos hubiéramos partido el pecho de risa. El problema es que quienes nos las endosan son los que se supone que están al mando del timón, y ahí más que de reírte lo que te dan ganas es de cantar aquello de "Ay quién maneja mi barca, quién" mientras te caen lagrimones como puños. Qué país...
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