jueves 21 de junio de 2007
El agradecido pensador de Zapatero
EL filósofo Philip Pettit es un perfecto desconocido fuera del mundo académico anglosajón. Su doctrina acerca del llamado «republicanismo cívico» promueve los valores de la democracia participativa y deliberativa frente a la crisis -que tal vez exagera- de las instituciones representativas. En todo caso, son teorías propias para el debate científico que casi nunca resisten el contraste con la vida política real. Rodríguez Zapatero ha mostrado siempre una extraña predilección por este pensador, recibido con todos los honores en La Moncloa como una especie de «gurú» del socialismo posmoderno. Pettit muestra su gratitud hacia tan insospechado discípulo prodigando los elogios a la política socialista: califica de «valientes» los contactos con ETA, considera el diálogo como panacea de todos los males y alaba las virtudes del estatuto catalán. Además, identifica ciertas leyes -sobre matrimonio homosexual o sobre dependencia- con su doctrina de la libertad como «no dominación», aunque la relación entre una cosa y otra parece más bien remota. Ayuda a sus amigos criticando el «centralismo agresivo» del PP y a los que tienen un miedo excesivo a que España se rompa. Sólo hay un leve tirón de orejas para el presidente a causa de la dispersión de los presos de ETA, que supone a su juicio una «inmensa carga» para las familias. El resultado de la evaluación es muy positivo: el profesor califica con un sobresaliente a su alumno aventajado. Habrá que suponer que cuando esa política penitenciaria sea suficientemente «progresista», Zapatero obtendrá una flamante matrícula de honor.
Bien está que los políticos se ocupen de la batalla de las ideas, incluso desde la perspectiva de una izquierda que busca referencias después de la crisis irreversible del marxismo. Sin embargo, no conviene confundir los planos. Pettit, igual que otros filósofos mucho más sólidos, tiene su papel en el ámbito académico, pero no en la discusión política de cada día entre Gobierno y oposición. En democracia son los ciudadanos quienes aprueban o suspenden al jefe del Ejecutivo y no los profesores, cuya benevolencia, como es natural, se ve favorecida por el buen trato que reciben. La mezcla entre teoría y práctica conduce a resultados absurdos. Zapatero dijo una vez que tenemos «un Rey muy republicano», pretendiendo decir algo tan simple como que Don Juan Carlos mantiene un profundo compromiso con las libertades públicas. Los partidarios españoles de las tesis republicanistas utilizan el extraño nombre de «ciudadanismo» para eludir el término «republicanos» y evitar así la confusión. El presidente del Gobierno no puede jugar con equívocos ni ambigüedades, porque cada una de sus palabras y de sus actos tiene una trascendencia pública muy superior a las teorías y discusiones académicas.
jueves, junio 21, 2007
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