jueves 14 de junio de 2007
CARLOS LUIS RODRÍGUEZ
a bordo
Tello como Dylan
Como Bob Dylan, Henrique Tello está llamando a las puertas del cielo. En ese cielo hay un padre, un hijo y un espíritu santo que están reacomodando su situación. El padre anda por Roma y contempla lo que sucede en su ciudad amada como una segunda versión de la entrada de los bárbaros en el capitolio romano. El hijo sufre la tensión entre sus deberes filiales y las obligaciones de la realpolitik. El espíritu santo, más que paloma, tiene forma de presidente de la Xunta, e inspira el cambio celestial.
Tello llama y por de pronto ha conseguido una foto que pasará a la historia. Allí está sonriente en el sanctasantorum del vazquismo, discutiendo con Losada cuál será su asiento en esa corte del Olimpo coruñés que se le negó al nacionalismo desde hace veintitantos años. En ese despacho donde se hacía vudú con el BNG y se adoraba la ele con ritos indescriptibles, un romano y un bárbaro negocian un acuerdo para gobernar en el coqueto imperio coruñés.
¿Quién había previsto algo así? Reconozcámoslo: muy pocos. Se sabía que el vazquismo duraría algo menos que la Roma Imperial, e incluso había quien imaginaba el retorno del nacionalismo, de la mano de una coalición de izquierdas, pero era imposible prever que un heredero directo del emperador y un ex combatiente con el cuerpo marcado por las heridas producidas en su pugna contra Paco estarían ahí tan panchos en el tresillo de la alcaldía, compartiendo las pastas y regateando el poder.
Es curioso pensar que ambos están poniendo en práctica un pensamiento que Vázquez repetía. Ni amigos ni enemigos permanentes; intereses permanentes. El interés de Losada es iniciar el capítulo de la historia que lleva su nombre, y el de Tello salir de las catacumbas e ir al coliseo, no como víctima sino revestido de autoridad.
Volviendo a Dylan, los tiempos están cambiando. Ya hace tiempo que cambiaron, pero A Coruña había quedado protegida por el liderazgo excepcional de Vázquez que, al irse, se desparrama. Aunque el socialismo se queda con la porción más importante, otras retornan a la derecha y alguna migaja cae incluso en nuevas candidaturas que probaron suerte en la contienda. En fin, que el vazquismo se disuelve en esa distancia que dicen que es el olvido, y con él se van las mayorías absolutas.
Tampoco el nacionalismo es el que era. Sigue habiendo en él bárbaros en sentido estricto, pero también sectores que se han romanizado, que son amables, sonríen y no miran al resto como pobres pecadores. Tello, que no se ha puesto una hache intercalada, es de estos. No así algunos que lo acompañan. De quién se imponga dependerá si la nueva etapa es duradera, o un mero paréntesis para volver al gueto.
Los interlocutores que protagonizan esa instantánea memorable saben que las circunstancias los obligan a no ser continuadores de nada, sino pioneros de algo nuevo. La principal circunstancia es la ciudad. Poco tiene que ver con la de los agitados tiempos de la primera democracia local, o con la urbe que se sentía acosada por el resto de Galicia. Ni sirve la receta del antiguo nacionalismo, que veía en los coruñeses a depravados españolistas necesitados de reeducación, ni la del localismo que soñaba con una especie de Gibraltar, con verja.
Tras haber recorrido casi todas las etapas de la Divina Comedia, Tello llega a las puertas del cielo, llama y un San Pedro se sienta con él para ver si le da o no la llave. Por de pronto tiene más suerte que Dylan, que sigue petando sin éxito.
jueves, junio 14, 2007
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