miercoles 13 de junio de 2007
CARLOS LUIS RODRÍGUEZ
a bordo
Miedo a gobernar
Figuras como el francés José Bové son la prueba de que nuestros agitadores autóctonos no suponen una excepción en el mundo occidental. Cada territorio cuenta con los suyos. Unos bloquean una ría con la excusa de proteger el marisco y otros destruyen los Mc Donalds en defensa del queso roquefort, pero en el fondo es lo mismo.
El tal Bové es un caso notable porque casi no hay ninguna movilización contra el sistema de la que haya estado ausente. Es como si aquí metiéramos en una coctelera al comité de emergencia ferrolano, a los defensores de la ría de Pontevedra, al ecologismo radical y a los grupos eventuales que se oponen a ésta o aquélla instalación industrial, y una vez en el recipiente, agitáramos el brebaje con fuerza. Nos saldría un Xosé Bové galaico, polifáctico, multifuncional y apto para cualquier protesta.
No hay que sorprenderse por tanto de que en Galicia proliferen estos líderes. Es un síntoma de modernidad. Sin embargo, es una muestra de subdesarrollo político la respuesta que reciben, siempre tibia, timorata, acomplejada, siempre a la defensiva y concediéndole al Bové de turno la ventaja de aparecer como progresista.
El Bové francés no logra amilanar ni a la izquierda ni a la derecha. Se respeta su show, sin que los responsables políticos se replieguen. Aunque él se presente como un estandarte del progresismo, sólo las siglas más pintorescas le otorgan tal distinción. El político con peso social sabe que seguir la estela de los grupos antisistema conduce a un callejón sin salida porque se basan en la suma de reindicaciones incoherentes, como en el caso de José Bové, la defensa a ultranza del proteccionismo agrario, y la exigencia rotunda de que se compren productos agrarios del Tercer Mundo.
Aquí hemos visto a siglas políticas y sindicales que defienden al mismo tiempo la planta de Reganosa y su desmantelamiento. Basta con que un demagogo levante la pancarta, para que todas huyan a refugiarse como polluelos en el oportunismo. Es asombrosa la soledad de dirigentes como el conselleiro Fernando Blanco, que dice con claridad que el complejo de Mugardos es vital para la economía del país. ¿Lo dirá porque la púrpura del poder lo ha arrastrado hacia la derecha, o ha hecho que su nacionalismo sea más melifluo?
Mas bien al contrario. Al menos hasta hace poco, defender la industria, el empleo, la autonomía energética y cosas por el estilo, era un rasgo característico de la izquierda y el nacionalismo. Y mutatis mutandis, el corporativismo y la oposición a todo lo industrial, consecuencias del pensamiento conservador que ancló durante tanto tiempo a Galicia en la dependencia.
Tanto Bové como Bastida son reaccionarios, con la diferencia de que la izquierda francesa actúa en consecuencia, y la gallega prefiere esquivar el debate. La razón hay que buscarla en un trasfondo cultural que hace que cualquier manifestación o marcha sea vista como expresión de un sacrosanto sentimiento popular, con independencia de lo que se pida, y sin tener en cuenta los antecedentes de todo tipo del líder.
Con su actitud, Fernando Blanco no sólo está innovando el debate industrial, sino también la respuesta de la izquierda real a esta clase de fenómenos. El timón del país no puede compartirse con este tipo de personajes. Frente a su indiscutible derecho a protestar, está el deber de los dirigentes de gobernar. Por cierto, que Bové acaba de contrastar su representatividad en las presidenciales francesas: 1,3 por ciento.
miércoles, junio 13, 2007
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