jueves, junio 21, 2007

Carlos Luis Rodriguez, Ideas en orbita

viernes 22 de junio de 2007
CARLOS LUIS RODRÍGUEZ
a bordo
Ideas en órbita
Entre el Marshall de la película de Berlanga y el Howard que se nos convierte en apóstol honorario de Galicia, hay notables diferencias. Para empezar, el primero protagoniza una historia de ficción amarga, que refleja las penurias e ilusiones del subdesarrollo español, mientras que el jefe del Gobierno australiano es actor principal de algo real, consecuencia de la pericia, laboriosidad y capacidad negociadora de Navantia, en especial de la rama ferrolana.
Marshall pasa por Villar del Río sin detenerse, ante un pueblo expectante y un alcalde que se preparaba para recibir al ilustre visitante con un florido discurso. Sólo queda un rastro de polvo, mezclado con la frustración y los ecos de una canción cursi de bienvenida: americanos, vienen a España guapos y sanos.
Guapa y sana es la compañía Gibbs&Cox, de Arlington, Virginia, pero no lo suficiente para derrotar a nuestros astilleros en la pugna por el contrato de Australia. En la segunda parte de la historia, el nuevo Mr. Marshall pierde la partida, y la ganan los descendientes de aquel sitio olvidado, representante de los sitios olvidados del país, que sólo fue una imagen fugaz en la ventanilla del coche del americano impasible. Ganamos el partido de vuelta.
No se hubiera ganado si alguien, en algún momento, no hubiese tenido una idea grandiosa. Seguro que cuando ese adelantado habló en una reunión de competir con los de Gibbs, o los franceses de Armaris, derrotados también en la batalla australiana, los demás lo miraron con extrañeza o sorna. El tiempo le dio la razón al audaz y no a los que pensaban que el naval español y gallego sólo podía jugar en segunda.
El tiempo también emitió sentencia a favor de Pedro Barrié, Amancio Ortega, José Luis Méndez, Epifanio Campo, Manuel Jove, Roberto Tojeiro y demás integrantes del pelotón de cabeza de la Galicia pionera. Tenían razón al no resignarse a la mediocridad. También en sus oídos se susurró que no se metieran en líos, que no salieran de su casa, en fin, que dejaran en manos de los Gibbs del mundo las cosas grandes.
Por eso, ante el proyecto de un satélite galaico del que nos hablan los miembros de la Fundación para a Sociedade do Coñecemento, la peor actitud es tomarlo de coña. Esa es la típica respuesta de quienes habrían dedicado el astillero de Ferrol a labores domésticas o limitado las tiendas, las promociones, las sucursales o la producción, al coqueto mercado local.
La reacción de un país en marcha, ¿por qué no? Aunque al final surjan problemas que no lo hagan factible, Galicia precisa de esas ideas grandiosas de las que hablaba Honorato López Isla. El primer requisito de esa sociedade do coñecemento es que las mentalidades estén preparadas para la anticipación. Quién sabe si dentro de unos años contar con una extensión galaica en el espacio será algo tan normal como ganar en Australia uno de los mayores contratos navales de la historia, en pugna con las empresas y los estados más poderosos.
En el mayo parisino del 68 podía leerse en las paredes aquello de sé realista, pide lo imposible. Es un lema que puede ser válido hoy, con sólo cambiar el verbo. En vez de pedir, pensar. Todas las grandes ideas empresariales que hicieron de Galicia lo que es fueron imposibles en sus inicios, pero alguien las pensó, las puso en práctica, y no hizo caso del agorero. ¿Por qué no un satélite llamado Fisterra que amplíe el horizonte de la costa verdecente? ¿Acaso no era un sueño lo que acaba de pasar en Australia?

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