viernes 15 de junio de 2007
Protagonistas del I5-J
ANTONIO PAPELL
Hoy se cumplen exactamente tres décadas del 15 de junio de 1977, la fecha de aquellas primeras elecciones generales de la democracia que fueron punto de partida del trayecto que nos ha traído en línea recta hasta aquí. El acontecimiento fue la culminación de un vasto preámbulo, en el que la ciudadanía y la recién germinada clase dirigente vieron colmados gozosamente sus esfuerzos. Porque el prodigio de la instauración pacífica de las libertades no se entendería sin esta conjunción entre sociedad civil y liderazgo intelectual.Los últimos años del régimen franquista, inclemente hasta su consunción biológica pero incapaz de ejercer el control que pretendía, fueron aprovechados por la ciudadanía para efectuar los preparativos culturales y psicológicos de la gran mudanza. A falta de instituciones plurales, los medios de comunicación se convirtieron en un verdadero parlamento de papel en que la sociedad aprendió las primeras letras democráticas, balbució las primeras exigencias de libertad, acarició las primeras esperanzas de aproximarse definitivamente a las sociedades europeas que fueron tanto tiempo nuestro espejo imposible. Con todo, aquella presión social hacia la democracia, que apenas aguardaba la conclusión biológica del dictador, habría sido difícil de encauzar hacia un proceso racional de transformación pacífica sin la guía del propio Rey, quien, con voluntad e intuición indiscutibles, interpretó la demanda y se decidió, en la medida de sus limitadas fuerzas, a materializarla. Es bien cierto que don Juan Carlos contó con valiosos colaboradores en el seno del régimen -Torcuato Fernández Miranda fue el paradigma de aquella casta especial de servidores públicos de alcurnia que se aprestaron a la reforma-, pero sólo él podía conjuntar y concordar la vehemente demanda social que presionaba desde extramuros del sistema y la condescendencia al cambio que ya existía en las zonas más realistas y abiertas del franquismo, que todavía -no se olvide- detentaba todo el poder real tras la muerte de Franco.Como es conocido, el Monarca confirmó a Arias Navarro tras su entronización, para sondear prudentemente el panorama, pero le obligó a dimitir en julio de 1976. Fernández Miranda, presidente del franquista Consejo de Reino, consiguió entonces introducir a Adolfo Suárez en la terna que debía presentar al Rey y de la que el jefe de Estado había de elegir a su primer ministro. Suárez sería el audaz brazo ejecutor del golpe de Estado legal que había de representar la extinción de las viejas Cortes orgánicas y la elección de un Parlamento constituyente, plural y legítimo, conforme a las garantías democráticas homologadas en Occidente. En once meses, Suárez sacó adelante la Ley para la Reforma Política -con la que las Cortes hicieron patrióticamente su harakiri-, legalizó todos los partidos -incluso el PCE, con riesgo para el proceso por la hostilidad irreductible de los sectores más duros del viejo régimen- y celebró las elecciones que consagraron las libertades civiles en este país.El proceso no se habría podido desarrollar sin la contribución desinteresada y ferviente de toda una elite profesional e intelectual que se volcó en el empeño, pero ello no puede llevar a desconocer que la autoría moral y material de la proeza correspondió, por este orden, al Rey y a Suárez. No como líderes visionarios y aislados, capaces de arrastrar a una masa informe de ciudadanos con su verbo cálido, sino como intérpretes leales de la voluntad general, que no había podido formarse ni vertebrarse orgánicamente pero que latía y se hacía visible de muy distintas formas -a través del sistema mediático, por ejemplo- desde bastante antes de la desaparición del dictador.En otras palabras, los jefes del Estado y del Gobierno supieron ponerse a la cabeza de una clase dirigente que apenas necesitaba la llamada y la oportunidad para emerger y cristalizar. Apareció entonces una generación de profesionales liberales y funcionarios ilustrados que aceptaron el reto de tomar el país en sus manos para someterlo a la inexorable transformación que, en efecto, terminó cuajando. No eran en su inmensa mayor parte profesionales de la política -muchos regresaron luego a la actividad privada-, sino simples patriotas que no pudieron negarse a prestar el servicio que se les reclamaba. Por ello, la política adquirió entonces un prestigio que la profesionalización de la actividad no ha conseguido mantener. De ahí la nostalgia que muchos sentimos hacia aquella etapa en la que quienes tenían a su cargo la gestión del Estado alcanzaban un altísimo nivel personal. Algo habría que hacer para devolver a la política su prestigio y su categoría.
jueves, junio 14, 2007
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