viernes 9 de marzo de 2007
Prensa y periodistas: todos enfrentados
Félix Arbolí
L A prensa, cuya misión es informar y ponernos al corriente sobre los asuntos y circunstancias del acontecer diario, en gran medida peca de objetividad y deformación sobre la realidad que comenta. Desgraciadamente, hoy no podemos hablar de una prensa veraz e independiente. Está sometida a poderosos grupos políticos y financieros que mueven y airean lo que más conviene a sus particulares intereses, mediatizando la realidad de la manera más descarada y desconcertante. La prueba es fácil de evidenciar, si compramos cualquier día los tres o cuatro periódicos y las dos o tres revistas más importantes y de mayor tirada. Esas que marcan la pauta de la actualidad en todos los aspectos, aunque interese en mayor medida los concernientes a la política nacional y en determinados casos la internacional si de alguna forma puede influir en nuestra manera de pensar, actuar y mantener o alterar nuestros principios ideológicos hacia un fin determinado. Un objetivo fijado e impuesto por el “capo” de ese imperio informativo, con consignas sobre tergiversaciones y omisiones hábilmente camufladas en ocasiones o destacadas ostentosamente en la primera página para inculcar en el lector lo que les interesa y conviene en cada momento y circunstancia. Si uno alaba la decisión del PP y sus principales líderes o cabezas pensantes, (aunque a veces den motivos para dudarlo), en algún asunto de interés general, el otro destaca y enaltece la postura contraria, con afirmaciones y comentarios de los prebostes del grupo político adverso, intentando minimizar el posible impacto del anterior y sacando a relucir, aunque no venga a cuento, infortunadas decisiones que éste pudo cometer con el fin de conseguir su descrédito y airear sus errores. El lector se encuentra en una tremenda encrucijada, ya que para tener una somera idea de lo que ocurre en España y países que nos puedan afectar de alguna manera, ha de adquirir todos los diarios nacionales que su publican y algunas de las principales revistas, aunque algunos de estos medios no estén acordes con su manera de pensar y entender la política. Y claro, esto le supondría pasarse el día entero leyendo la prensa y calentándose la mente con los diversos “come cocos “ de turno. Los periodistas o pseudo periodistas e incluso intrusos camuflados, también participan de esta guerra sin cuartel, ni fundamento que la entienda y justifique. Ahí tenemos la trifulca informativa sobre la concesión de los “Micrófonos de Oro”, que concede la Federación de Asociaciones de Radio y Televisión y que este año ha recaído en tres personas de evidente actualidad: Luis del Olmo, Federico Jiménez Losantos y Andrés Buenafuente” (perdonen que no utilice el “Andreu” catalán, pero sólo hablo y escribo en castellano que es la lengua oficial del Estado Español). Ni del Olmo, ni Buenafuente, han querido aceptar esta distinción de sus compañeros, porque no están de acuerdo con la línea informativa e ideológica de Jiménez Losantos. Respeto que unos y otro no se hallen en la misma línea ideológica o el partidismo político. Somos libres para opinar, compartir o disentir sobre lo que piensa o quiere el vecino, compañero de clase, contertulio del café y cualquier españolito que se cruce en nuestra camino e intente penetrar en nuestra mente, siempre que lo hagamos de una forma civilizada y correcta, sin descalificaciones, ni desprecios. La libertad de pensar, amar y hablar es una facultad que tiene el ser humano y que nadie debe interferir o censurar. No soy fan de ninguno de los tres, aunque respete a éstos compañeros en el desempeño de su labor, que no suelo seguir. A del Olmo le conozco desde los gloriosos años sesenta de mis principios periodísticos, cuando la radio era un medio informativo muy utilizado por el ciudadano. Su permanente actualidad en las ondas, con reconocida categoría y profesionalidad, es digna de que se le conceda el “Micrófono de Oro” y hasta una emisora entera de este preciado metal. Es un verdadero maestro en el arte de convencer, distraer, informar y hacernos olvidar los infortunios que en ese momento nos pueda alterar. Nada que objetar, a excepción de que protagonice una maniobra impropia de un profesional de su talla. Menos aún, al ser Presidente de Honor de esa Asociación y miembro del Jurado que concedió tales premios. Puede estar de acuerdo o en desacuerdo con el propuesto y premiado, pero ello no debe ser óbice para descalificar y ofender públicamente a un compañero, si compañero de las ondas, en ese homenaje de reconocimiento a la labor que desempeña, aunque no sea reconocida y apreciada por él. Debiera tener en cuenta a los muchos oyentes que agrupa ante su cadena en las horas que interviene. Se premia la labor profesional, digo yo, sin meternos en profundidades y disidencias políticas que no deben interferir en la concesión de estos galardones. Yo no soy lector asiduo de su columna, ni oyente ocasional de su programa, pero supongo que con ese “micrófono de oro”, se quiere destacar y recompensar su continua y seguida trayectoria radiofónica, esté o no equivocado en sus planteamientos y consideraciones. No me parece correcta la actitud de sus dos compañeros de premio, al erigirse en jueces de su trabajo radiofónico, porque piensa de distinta manera o viaja en distinta dirección. No soy fan de este “rehusado” profesional, ni estoy en consonancia con sus criterios, pero lo estoy menos con el programa televisivo del tercer premiado, Buenafuente, en el que sus propias patochadas y las extravagancias absurdas y carentes del mínimo ingenio de sus colaboradores no reportan nada positivo a la actualidad informativa, ni merecen ser calificados como exponentes de un genio, que yo no encuentro, aunque se empeñen en afirmarlo los críticos y comentaristas esnobistas. Ignoro pues esa aureola y objeto de permanente actualidad, con el que algunos intentan obsequiarle por dirigir y presentar un programa insípido y carente de interés. Ni comprendo ese repudio público por su parte a un compañero más veterano y con mayor número de seguidores y hasta libros publicados con increíble y enorme difusión, aunque no sea lector de ellos. Me gusta ser imparcial y justo en mis comentarios y ser capaz de llamar perro a todo el que ladre. Existe una tremenda guerra editorialista, periodística y literaria que se está convirtiendo en epidemia. Las descalificaciones y rechazos son continuos, duros y lo que es más alarmante, injustificadas en la mayoría de los casos. Vamos a cargarnos al que compite en nuestro campo o se mueve en las mismas coordenadas, sin preocuparnos de respetar la verdad y los derechos del adversario, que nunca debe convertirse en enemigo. Es realmente preocupante la distorsión que se produce en todos los aspectos, circunstancias y maneras de enfocar la vida por parte de todos y cada uno de nosotros. La intolerancia se ha hecho presente en nuestra cotidianidad y está contribuyendo de manera acelerada a que el hombre se convierta en lobo y vea a su prójimo como cordero. Ni la amistad, ni el compañerismo, ni la vecindad e incluso la familia se hallan libre de este virus que nos amenaza implacable. No mostramos el menor interés en aceptar que un compañero desde otro medio o micro lance sus ideas a la opinión pública, esperando que si no hay conformidad con las mismas, pues nadie está en posesión de la verdad absoluta, al menos haya respeto. En mis tiempos del inolvidable diario “Pueblo”, esa magnífica cantera de periodistas, teníamos una diaria rivalidad con el también vespertino diario “Madrid”. Las plantillas de uno y otro se esforzaban al máximo por acaparar la gran noticia, esa que marcaba huella en el currículo profesional del que la captaba en rigurosa exclusiva. Éramos auténticos cazadores que se pateaban la selva urbana en busca de una “pieza”digna de ocupar la primera página del periódico. Nada nos detenía en nuestro empeño. Pero era una lucha diaria entre compañeros y amigos, a pesar de la rivalidad en llegar antes al sitio indicado. Luego, cuando las horas nos pertenecían, libres de esfuerzos e inquietudes, aunque siempre ojo avizor, nos encontrábamos ante la barra del “Gijón” y allí, amigablemente, sin resabios, ni celos profesionales, comentábamos las incidencias de la jornada. Recuerdo a mis queridos compañeros del rotativo madrileño rival, Anteno, Hebrero San Martín, Fuentes Guío, etc. con los que siempre que he coincidido ha surgido el abrazo sincero y las charlas nostálgicas de tiempos que son inolvidables. Era una batalla limpia y honesta en aras de la profesión, sin importarnos si el citado era falangista, socialista en la clandestinidad e incluso camuflado comunista, algo enormemente perseguido en esos tiempos. Sólo nos considerábamos compañeros de una profesión a la que todos amábamos, respetábamos y procurábamos mantener al margen de nuestros más íntimos pensamientos e ideas. Porque nuestra misión consistía en informar al lector de todo lo que ocurría, no hacer prosélitos para una causa, ni tratar de inculcar en los lectores nuestras propias creencias y marcar el rumbo de sus vidas. Hoy se da el caso de no poder llevar libremente y expuesto a la vista del público el diario que leemos habitualmente. Enseguida te tildan de rojo, facha, sociata u otra calificación más o menos vejatoria. Yo suelo leer el Mundo y a veces, cuando hay algún asunto que me interese en demasía, compro también El País. El “ABC”, era mi diario de siempre cuando pertenecía a la familia Luca de Tena. A partir de sus nuevos propietarios, dejé de leerlo, aunque conserve en él antiguos y excelentes compañeros, como ocurre con mi admirado Redactor Jefe de entonces José Miguel Santiago Castelo, actual Subdirector. Son ya varios los casos que se han dado de que un lector de determinado periódico se vea atacado verbalmente, de forma grosera, insultante y a pleno vocerío, por los intransigentes de una u otra ideología política. A mi hijo, concretamente, le ha pasado por llevar El País y lo han hecho al considerarlo indefenso por ir con su pequeña en el cochecito de bebé y no querer meterse en follones. Pero le han acosado, de forma airada, le han insultado con saña y le han amenazado, mientras le llamaban de todo lo que nunca debe llamarse a una persona. Era un hombre de mediana edad, que acompañaba a otro más joven, que debía ser su hijo. ¡Vaya ejemplo!. Mi hijo, que es pacífico por naturaleza y enemigo de broncas y enredos, a pesar de su cinturón negro de “full contact”, continuó su camino imperturbable, mientras los ofensores redoblaban y radicalizaban sus insultos creyendo que era mera cobardía. ¡Si no llega a ir con la pequeña, no se qué hubiera podido pasar!. Creo, no obstante, que no hubiera dado lugar a una confrontación, simplemente le hubiera demostrado de alguna manera con quién se las veían y que todo tiene un límite en esta vida. Creo que no hay derecho a esta campaña de intransigencia que se está extendiendo por nuestra ciudadanía. No es el único caso que conozco a este respecto, por lo que el asunto resulta bastante alarmante. ¿Hasta dónde hemos de llegar para que los organismos y autoridades competentes intervengan en esta ensalada de despropósitos y vilezas?. Pero España va bien y todo el mundo habla hoy del etarra huelguista de inanición y su rocambolesca liberación, por un acto de piedad de nuestro maternal gobierno. El es nuestro “papaíto” que se apiada del asesino, para que no siga padeciendo con su huelga de hambre (que algunos hasta la ponen en duda). Y como padre bueno y solícito, nos impide fumar, beber, comer hamburguesas y toda esa retahíla de tabúes que según su criterio puede suponer un peligro para nuestra vida, a excepción de que ésta nos sea arrebatada alevosamente con el clásico tiro en la nuca. Entonces hilará fino para no enemistarse con el amigo Otegui y compañía. Me parece bien que busque la paz entre todos los españoles, pero no lleva ese camino, ni con su invento de esa “memoria histórica” que agudiza los rencores de ayer, ni con sus devaneos con esa banda terrorista que sólo entiende el lenguaje de las armas. Es mucho más importante tener tranquilo a un terrorista, aunque tengan que vivir los ciudadanos con el miedo saliéndole por los poros, que el no evitar una posible muerte o masacre con la excarcelación de un asesino no arrepentido y con el rencor a flor de piel, que pueda volver a sus andanzas, con el consiguiente derramamiento de sangre inocente, tristemente culminado con los honores fúnebres, manifestaciones y pancartas y si es militar o pertenece a las fuerzas de seguridad, la consiguiente y simbólica medalla sobre el féretro.
jueves, marzo 08, 2007
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